Esta semana son tres los compañeros que nos cuentan sus vivencias después del grado: Manuel Crespo, Cristina Esteban y Paula Barbero. ¿Queréis saber qué opinan de cursar un máster o hacer prácticas en agencia? ¡Seguid leyendo!
Quizá mi camino no sirva para ilustrar cuestiones concretas
acerca de cómo buscar clientes o qué hacer con el pago atrasado de una factura
en los primeros meses, pero creo que sirve para dar luz a un recorrido algo
diferente.
Cuando sales de la carrera, te asedian con la idea del máster, un asedio constante que te acaba por hacer creer que todo el tiempo que tardes en elegir un máster es tiempo que pierdes y que tus compañeros ya están aprovechando para formarse por delante de ti. En absoluto.
Al terminar el Grado, no tenía ni repajolera idea de qué hacer con mi vida. Y, mientras tanto, lo mejor era trabajar, de lo que fuera, ganar dinero, ahorrar y conseguir experiencia. Encontré, gracias a una compañera de la carrera, trabajo en un hotel como recepcionista. No era mi trabajo soñado, ni siquiera era algo que me había planteado, pero acabó gustándome y quién sabe, no me habría importado seguir ahí hoy en día. Gracias a ese trabajo, pasé un año ya en el mercado laboral y pude organizar mis ideas y decidir que querría probar suerte en la TAV. Por eso decidí hacer el máster en el ISTRAD, en Sevilla.
Hice las prácticas de manera presencial en Valencia, mi ciudad, y lo que pasó a continuación os sorprenderá, y mucho, pues tuve suerte de que una compañera dejó su plaza y me la ofrecieron a mí. El resto es historia y aquí sigo. Evidentemente, la suerte ha tenido una importancia determinante en mi trayectoria, sin embargo, creo que sí que es importante saber que, cuando acabas la carrera y todo te parece un mundo, el empezar a andar ya forma parte del camino. No hay que agobiarse ni pensar que no se va a poder vivir de ello. Se puede.
En resumen: No te preocupes si has acabado la carrera y no sabes qué hacer con tu vida, te deberías preocupar si no estuvieras sintiendo eso. Tampoco tengas prisa en elegir qué máster hacer, (si es que quieres hacer) mira bien la oferta y date tiempo para saber cuál es la especialidad que quieres hacer. Si yo me hubiera lanzado nada más acabar la carrera, habría ido al Máster de Traducción en los Servicios Públicos de Alcalá o al Máster de Traducción de videojuegos del ISTRAD… Nunca se sabe si en esas especialidades me habría ido bien o mejor que ahora, pero sí que sé que habría sido una decisión fruto de la ansiedad por ponerme a estudiar un máster cuanto antes.
Mi nombre es Cristina, y en 2015 me gradué en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada. Como casi todos mis compañeros, en el último curso estaba bastante asustada y nerviosa por no saber qué iba a ser de mi vida después de la carrera. Había algunos que tenían claro que iban a coger la vía del profesorado, otras muchas compañeras se metieron a azafata de vuelos, pero los que de verdad queríamos ser traductores o intérpretes veíamos el futuro bastante negro.
En mi caso, tengo que decir que tuve bastante suerte. Un día ya casi al final de curso, durante una clase de no me acuerdo qué asignatura (una que no me interesaba mucho, claro está), me decidí a redactar una carta de presentación y a actualizar mi CV para mandárselo a todas las empresas de traducción que hubiese en Marbella, que es de donde soy. Antes de que la clase terminase, una de las empresas me contestó al email diciéndome que justamente estaban buscando a alguien para que se incorporase en verano a su oficina. Fui a Marbella a hacer la entrevista, y al día siguiente de terminar la carrera ya estaba trabajando como traductora en plantilla.
Hacía traducciones de todo tipo, pero ya
que la mayoría de los clientes de la agencia eran despachos de abogados, me especialicé
en la traducción jurídica, que además era la especialidad que había elegido en
la carrera. A los tres meses de empezar, dejé la empresa para irme 6 meses a
China, y cuando volví llamé a la que era mi jefa y me volvieron a dar el
puesto.
Un tiempo más tarde decidí trasladarme a Madrid por motivos personales, pero como estaban muy contentos con mi trabajo me siguieron (y siguen) mandando trabajo. En Madrid empecé trabajando de secretaria para mantenerme, y lo que hice fue mandar mi CV a agencias de traducción y despachos de abogados (insistiendo mucho), y poco a poco me fui haciendo con una cartera de clientes. Me hice unas tarjetas de visita y aprovecho cada oportunidad que tengo para repartirlas. Al final todo es insistir mucho y tener un poco de suerte, aunque haya momentos que todo se vea muy negro.
Podéis encontrar a Cristina en Twitter, en su correo y en su web.
Considero que mis primeros pasos en el mundo profesional los di poco antes de graduarme. En cuarto quise realizar unas prácticas en alguna agencia para poder tener una idea del mundillo más allá de la burbuja universitaria y, tras enviar decenas de correos —muchos de ellos sin respuesta y otros con respuesta negativa, así que no os desmoralicéis—, conseguí entrar a una agencia pequeñita de Madrid. Estuve muy contenta con la decisión porque allí pude adquirir no solo práctica traduciendo, sino que también tuve la oportunidad de experimentar cómo funcionaba una empresa de traducción «entre bambalinas».
Después de esas prácticas, como me dejaron tan buen
sabor de boca, quise probar con las prácticas Erasmus+, pero en el último
momento surgieron problemas con la beca y me vi huérfana de planes en pleno
verano. Ahí fue cuando tuve esa crisis existencial que seguramente hayas tenido
(o tengas ahora mismo) sobre qué hacer al terminar la carrera: máster, cursos,
más prácticas, echar CV a todo lo que se me pusiera por delante, lanzarse como
autónomo… Afortunadamente esa crisis me duró solo una semana, pues dio la
casualidad de que quedó un puesto libre
de gestión de proyectos y traducción en la agencia donde hice esas prácticas
de las que hablaba al principio. En un visto y no visto, me vi con mi primer
contrato de traductora; feliz de poder estar trabajando en lo que había estado
estudiando durante cuatro años y sin haber sufrido demasiados quebraderos de
cabeza.
Además, desde entonces he hecho un curso de traducción jurídica y sigo estudiando alemán. Me caló el mensaje que leo siempre en blogs de que en esta profesión nunca se deja de aprender. ¡Y no se sabe lo que deparará el futuro!
Soy consciente de la suerte que he tenido, pero por testimonios de otros compañeros veo que más gente ha tenido esa suerte. Eso me hace pensar que las oportunidades van surgiendo si facilitamos el camino. Creo que es muy importante que se lleven una buena imagen profesional de ti en todo lugar que trabajes, y no desistir por muchas negativas que te lleguen. Tal vez la siguiente puerta a la que llames sea la que se abra.
Paula estará encantada de aconsejaros en Twitter y también en LinkedIn.
Como veis, las experiencias son muy distintas, igual que el punto de partida, pero los tres están trabajando ahora en lo que querían. Suerte, constancia, paciencia… Se hace camino al andar.
Recordad que podéis encontrar todas estas experiencias cada lunes en el blog, leer las entradas pasadas con la etiqueta «testimonio» en el buscador o, simplemente, clicar aquí: primera, segunda, tercera. Y recordad que aún podéis enviarme vuestra historia a info@las1001traducciones.com. ¡Gracias!
Por tercera semana consecutiva, tras la primera y segunda entregas, abrimos el blog a los testimonios de dos compañeros, Cristian y Laura, que nos contarán cómo se han abierto paso en este mundillo. ¡Vamos allá!
Terminé TeI en el curso 2014/2015. Me quedaban por cursar
unas pocas asignaturas del 2.º cuatrimestre así que, para aprovechar el tiempo
libre que tenía el cuatrimestre anterior, me puse a buscar prácticas en
Alemania, Austria y Suiza. Uno de mis objetivos era ampliar y consolidar los conocimientos
que tenía de mi segunda lengua de trabajo. Entré en contacto con una empresa
con sede en Suiza con la que trabajé 8 meses en prácticas.
Tras regresar y terminar la carrera, inicié la búsqueda de empleo. No fue fácil; la opción más obvia era trabajar como traductor en plantilla en una empresa de traducción, donde los puestos de traductor son limitados. Así pues, al no conseguir respuesta en las puertas a las que llamaba, seguí buscando alternativas que al menos estuviesen relacionadas con los idiomas. Vi un anuncio para trabajar captando clientes internacionales para ofrecer servicios turísticos. Trabajé con mis compañeras unos meses que para mí fueron muy enriquecedores y me permitieron poner en práctica mis lenguas de trabajo, pero también desarrollar habilidades interpersonales.
No obstante, mi verdadera aventura laboral empezó a finales
de ese 2015, cuando llegaron a mí por distintas vías varias ofertas de empleo
como traductor en plantilla y estuve inmerso en pruebas de traducción,
entrevistas, nervios y emoción. Los procesos de selección avanzaron de manera
muy satisfactoria hasta el punto de que tuve que hacer balance y apostar por
una empresa.
Y así es como durante dos años estuve trabajando como traductor en plantilla. Tengo que decir que, aunque uno tenga claro que quiere hacerse traductor por cuenta propia, pasar por una empresa de traducción y conocer los procesos implicados en la cadena de producción ayuda a ampliar horizontes y entender mejor cómo funciona por dentro, qué valoran los gestores de proyectos, cómo puedes facilitar su trabajo, conocer los ratios de producción que se manejan en el sector, etc. No solo eso, sino que lo considero un comienzo más llevadero; a mí me fue de gran ayuda ir más «acompañado»: al trabajar con compañeros con más experiencia que yo recibía correcciones, comentarios de forma continuada y aprendí de diversos errores «por las buenas».
A principios de 2018 decidí cambiar y empecé por mi cuenta. Con algo de experiencia de los dos años anteriores, sería más fácil arrancar desde cero. Tuve la fortuna de empezar con unos poquitos clientes gracias a mis trabajos anteriores. Aun así, sin duda una de las dificultades a día de hoy sigue siendo ampliar mi cartera de clientes. Para superarlas intento acudir de vez en cuando a eventos, formales o informales (congresos, cursos o formaciones, encuentros de traductores…) siempre que la agenda lo permite, además de valorar otras acciones que puedan ser de ayuda, como contactar con agencias y otros potenciales clientes… Sobre todo, buscar y hacerse ver; así es como te van a encontrar; tener una web y ya no es suficiente. ¡Y que tu círculo de amistades sepa qué haces! Nunca se sabe si en sus empresas alguna vez necesitarán una traducción profesional y te podrán recomendar.
Esta dificultad para encontrar clientes no va ligada necesariamente a no «conocerse», sino que a veces la colaboración no es posible por cuestión de tarifas. Aunque es difícil empezar y es muy tentador conseguir cuántos más clientes mejor, recomiendo valorar si compensa. A corto plazo desde luego que no es interesante, pues se contribuye a bajar los precios del mercado. A la larga, además, vas a tener que trabajar el doble o el triple para llegar a fin de mes y ganarte el pan, en detrimento de tu salud. Por eso, yo intento siempre encontrar un punto medio con potenciales clientes y tengo un límite que me he definido a partir del cual no bajo. Solo he hecho alguna excepción de manera puntual, por algún proyecto que me interesaba hacer por un motivo u otro. Si no llego a un acuerdo con algún posible cliente, sigo buscando. Caminante, no hay camino…
Los comienzos son difíciles, pero al final uno recoge lo que siembra 🙂 ¡Muchos ánimos!
Voy a contarles un poquito cómo
empecé. Prometo que esta historia tiene un final feliz, aunque al principio no parezca
tan positiva.
Mi historia comenzó en 2006, cuando entré en la Licenciatura de Traducción e Interpretación. Empecé bien la carrera, aprobando todo a la primera, pero los dos últimos años ya iba arrastrando asignaturas. Acabé muy desganada y desmotivada y toda mi ansiedad me afectaba muchísimo (insomnio y colon irritable). Me fui de Erasmus a Dublín y cuando volví decidí dejar la carrera. Fue una etapa muy mala, no tenía ganas de nada, no me sentía tan inteligente como me decía mi familia (de hecho, sentía que era tonta y que no valía) y me puse a trabajar de azafata de vuelo.
Después de unos años, cuando ya estaba cansada del trabajo de azafata y sus horarios, gracias a la motivación de mi familia, en especial de mi marido (gracias, Dani), saqué fuerzas y me metí en el Grado. Fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Todo esto lo cuento porque no todos tenemos que seguir el mismo ritmo, ni el mismo camino que los demás. Yo NECESITABA ese descanso para coger fuerzas y volver a la carga con más ganas que nunca. Y así lo hice.
Terminé el Grado en Traducción e Interpretación inglés/alemán en junio de 2018, con buenas notas, y sin ansiedad (de hecho, más feliz que nunca). Al igual que muchos compañeros, durante el Grado no tenía ni idea de lo que quería hacer al terminar. Sabía que me gustaban la docencia y la interpretación simultánea, pero la traducción me aburría bastante. Esto fue hasta que llegué a 4º y cursé la asignatura de Traducción Audiovisual. Y, casualidades de la vida, ese mismo año fue el II Tradican (las Jornadas de Traducción e Interpretación de Canarias), y vino el gran Quico Rovira-Beleta (traductor de películas como: Star Wars, Star Trek y casi todas las de Marvel). Después de su ponencia, tuve la oportunidad de entrevistarlo para mi blog (que, por cierto, creé para una asignatura y he seguido con él hasta ahora) y al final de la entrevista, le pregunté si creía que era posible conseguir dedicarme a eso (traducción audiovisual), y me dijo: «Hazlo. Inténtalo. Inténtalo porque lo conseguirás». Siempre me había gustado esa traducción, desde pequeña, cada vez que veía una película o serie, trataba de inventar alternativas si una frase no me convencía. Pero siempre creí que los traductores de películas eran «dioses», no creía que una novata como yo podía empezar en ese mundillo así como así.
Como dije, asistí, durante los dos últimos cursos, al Tradican, y en el primero tuvimos la enorme suerte de contar con Scheherezade Surià (<3), que nos habló de la traducción editorial. Así que el último año de carrera, mientras hacía el temido TFG («Traducción Audiovisual de canciones Disney: Moana»), fui enviando currículums a estudios de doblaje y editoriales. Me di cuenta de que la traducción que me gustaba era la creativa, la que me permitía dejar volar la imaginación y la que no seguía unas pautas estrictas. Por cierto, recomiendo muchísimo asistir a este tipo de jornadas ya que, además de aprender mucho, conoces a profesionales que te ayudan e informan. Yo he tenido la suerte de poder contar con muchos de ellos [i]que me han ayudado y aconsejado, y a los que ahora puedo llamar compañeros.
Finalmente, tras graduarme en junio de 2018, recibí mi primer trabajo para traducir un documental. Ese trabajo me llegó al mes siguiente de graduarme, en julio, y era un documental para el Canal Odisea. No me lo podía creer. Mi primer documental. Se llamaba Norteamérica desde el cielo: Ciudades 24 h. y era de San Francisco. Después de ese, hice algunos más de esa serie. Luego me llamaron para traducir los subtítulos de una película que iba a estrenarse en el Festival de Cine de San Sebastián (Y en cada lenteja, un Dios). Me llamaron diciendo que el estudio de los documentales me había recomendado. Así que imagínense lo importante que es hacer un buen trabajo, por muy pequeño que parezca. Y a partir de ahí empecé a trabajar con estudios para la BBC, HBO (para el que hice el documental de Axios) o Netflix. No quiero decir que fuera fácil, porque me rompí los cuernos buscando, enviando, informándome (y aún sigo), pero al final vale la pena. Tengo muchísima suerte de trabajar en lo que me apasiona (o de que me apasione mi trabajo) y estoy viendo que, con esfuerzo y pasión, todo se consigue.
Me gustaría volver a resaltar la importancia (al menos para mí) de asistir a jornadas, congresos, eventos, #Traducafés (que ahora hay en muchísimas ciudades de España) y otros tradusaraos. Lean muchos blogs de traducción (a mi me ayudó mucho el de Scheherezade) para que aprendan de los expertos. Y no se desanimen, porque el camino puede ser duro, pero es una carrera de fondo, y poco a poco se va consiguiendo.
Y esta es mi historia. Como conclusión, quiero que se queden con el mensaje positivo, con que sí se puede, con que cada uno tiene su ritmo y no hay que cerrarse a nada. Con que de todo se sale. Y con que este es un gremio precioso, con compañeros que se ayudan y apoyan, que no son de poner zancadillas a otros. Espero que esto les sirva de algo, y que les motive para hacer lo que de verdad les apasione.
Cualquier duda que tengan, pueden
escribirme sin problema a través de mis redes sociales o correo electrónico. Si
puedo resolver sus dudas, lo haré encantada.
Keep calm and translate!
[i] Gracias, Quico, Scheherezade, Tenesor, Xosé, Fernando, Reyes, Carlos y muchos más.
Perseverancia y tesón. Si no sale a la primera, sigues intentándolo. Laura y Cristian empezaron trabajando de otra cosa hasta que consiguieron el trabajo que ahora les llena. Laura incluso dejó la carrera y la retomó años después. Estos dos testimonios ilustran que no todo sale a la primera y que no pasa absolutamente nada. Dicen que lo bueno se hace esperar, ¿no?
Coincido con Cristian en que trabajar en plantilla es una buena forma de aprender y de ver lo que hay al otro lado del tapiz. Y también que no basta con una web (¡muy buen apunte!): tienes que moverte, trabajártelo mucho y ser receptivo. Y de Laura ¿qué puedo decir? No la conozco en persona, pero la veo con ganas de comerse el mundo… Como hemos visto en anteriores testimonios, todo es cuestión de trabajo y de una pizca de suerte, pero también hace falta una gran dosis de pasión.
Y hasta aquí llegamos hoy. ¡Os espero en el próximo artículo!
Volvemos a la carga esta semana con dos compañeros más que nos contarán cómo han llegado hasta aquí, lo que les ha funcionado… y lo que no. María Cárcamo es traductora audiovisual y hace también sus pinitos en literaria; Iago se dedica sobre todo al testeo lingüístico de videojuegos. Veamos qué se cuentan.
Estudié Filología Francesa y
luego hice el Máster de Traducción Audiovisual del ISTRAD y la Universidad de
Cádiz. Durante el Máster, cometí el
error de pagar —sí, pagar— a una empresa que se dedicó a enviar mi CV a diestro
y siniestro a un montón de agencias de traducción de todo el mundo, con correos
electrónicos genéricos y repetidos y sin ningún tipo de valor, claro. Fue un
fracaso absoluto y no lo recomiendo en absoluto.
Una de las empresas que recibió
mi CV de esa forma —una de más de 500, creo recordar—, se puso en contacto
conmigo, hice una prueba y empecé a trabajar con ellos mientras aún estaba en
el Máster. Eran poquillas cosas, pero me sirvió para seguir aprendiendo de
otros campos, ya que era una empresa de localización de apps y páginas web.
Al finalizar el Máster, hice las prácticas en BBO Subtitulado, donde aprendí muchísimo y pude conocer el mundo real de la TAV. Pero cuando se acabaron, volví a no saber qué hacer con mi vida. La empresa de localización seguía contando conmigo, pero no era suficiente para darme de alta, ni para vivir. Así que empecé a enviar el CV a más empresas, esta vez con correos personalizados a la persona encargada —cuando sabía quién era la persona encargada— y explicando qué es lo que me había llamado la atención de ellos y por qué quería que colaborásemos. Tampoco obtuve grandes resultados.
Hasta hace un par de años, cuando
alguien en Facebook comentó que en el estudio de doblaje en el que trabajaba,
necesitaban traductores. Empecé a colaborar con ellos en seguida y, hoy en día,
son el cliente que más trabajo me envía, prácticamente a diario.
Twitter también fue bastante importante para mí porque, aparte de conocer a muchísimos colegas traductores con los que compartir penurias y alegrías, una editorial contactó conmigo tras haber leído el famoso hilo que escribí. Me dijeron que habían leído mi Twitter más a fondo y que mi forma de expresarme y de ser les había gustado mucho y que creían que encajaba perfectamente con un libro que tenían pendiente de traducir. Y me lancé a la piscina, por supuesto. Fue toda una responsabilidad y tuve momentos de mucha ansiedad, pero disfruté muchísimo y espero que este dé pie a muchos otros libros más.
El enviar el CV, en mi caso, no
ha sido de gran ayuda. En definitiva,
creo que lo que mejor funciona en el momento que vivimos ahora, es el boca a
boca y el networking. Es mucho más
fácil que contacten contigo porque alguien ha hablado de ti, o porque te han
leído en redes, que por enviar un CV que se perderá en una bandeja de
entrada, por muy personalizado que hagas el correo. No digo que no haya que
hacerlo, ojo. De hecho, lo sigo haciendo. Pero hay que tener la suerte y la
puntería de que sea tu correo el que deciden leer, y no otro. ¡Ay, la suerte! Es muy importante en esta
profesión, aunque no más que la perseverancia y el trabajo duro. Hay que
insistir muchísimo, atreverse a dar el primer paso, aunque sepas que no
buscan traductores en ese momento, y echarle cara, por qué no decirlo. Hay que
saber venderse muy bien, yo aún estoy aprendiendo.
En definitiva: hay que estar en continuo movimiento y conocer a toda la gente que puedas; hay que insistir y no tener miedo a ser pesado y, por último, creo que la presencia en redes, actualmente, es muy importante. Aunque no hables exclusivamente de traducción, nunca sabes quién te está leyendo y cuándo puede necesitar que traduzcas algo de que tú eres experto porque es una de tus mayores aficiones.
¡Mucha suerte!
*Podéis encontrar a María en su web o en LinkedIn*
Al
momento de terminar la carrera, ya tenía claro que me quería especializar en el
ámbito de la localización de videojuegos. De hecho, mi trabajo de fin de grado
consistió en traducir un pequeño juego y mis prácticas de empresa fueron con un
traductor de videojuegos. Tras la carrera, estudié un máster donde impartían
materias relacionadas con este ámbito y, a un mes de terminarlo, el profesor
que llevaba mi TFG me habló de una oferta de trabajo como tester lingüístico (LQA)
de videojuegos en una empresa de Dublín. Decidí intentarlo, hice la prueba y
entrevista correspondientes, me contrataron y me mudé a Irlanda para mi primera
oportunidad laboral.
Al principio todo era un poco raro, muchas cosas nuevas y muchas tareas a las que no estaba habituado, pero con tiempo y práctica acabé cogiendo ritmo y adaptándome a todo. Cuando finalizó mi contrato a los 4 meses, decidí quedarme un mes en la ciudad buscando otra empresa en la que trabajar, fuese de lo mismo o de traductor. A las 3 semanas, y tras enviar varios currículums a diversas empresas repetidas veces, ya fuese a través de portales de búsqueda de trabajo o en las propias webs de las empresas, me contactaron de una compañía para trabajar de tester LQA de videojuegos. De nuevo, hice la prueba y entrevista pertinentes y me acabaron contratando.
Al
tener ya cierta experiencia, la adaptación fue mucho más sencilla. En esta
empresa estuve algo más de año y medio, una etapa en la que aprendí muchísimo,
hasta que decidí dar el salto a la traducción de videojuegos de forma autónoma,
momento en que me volví a mi tierra natal. No obstante, poco antes de volver,
se había puesto en contacto conmigo una empresa de revisión de software a
través de LinkedIn para trabajar de forma autónoma. Tras una exhaustiva prueba,
tal vez la más difícil de mi vida hasta ahora, conseguí el trabajo, algo que
compaginé durante unos meses con mi trabajo de oficina como tester.
Una vez
había vuelto a mi tierra y me había dado de alta de autónomo, comencé a buscar clientes peinando la red.
No obstante, a mayores de los clientes que encontré de esa manera, hubo uno que
fue recomendado a través de un antiguo compañero italiano de mi época como
tester, al cual le había comentado mi idea de hacerme traductor. A este le
gustó mi idea y siguió el mismo camino que yo, y me comentó que uno de los
clientes que había encontrado buscaba traductores de español, por lo que
contacté con ellos y conseguí el trabajo tras pasar la prueba correspondiente.
Del mismo modo, otro amigo traductor, esta vez español, me comentó que estaba
en un proyecto donde necesitaban a un traductor más, por lo que contacté con
ellos para hacer la prueba y conseguir el trabajo.
Por estas cosas, es importante llevarse bien con los compañeros de profesión y ser sociables, así como mantener actualizado vuestro currículum y vuestro LinkedIn, ya que nunca sabes dónde puede surgir una oportunidad laboral o quién puede necesitar vuestros servicios. Por último, quiero destacar que es importante confiar en uno mismo y darlo todo. Es la mejor forma de afianzar clientes y oportunidades, tanto en el trabajo como en la vida personal.
Algo que comentan estos dos compañeros y que me parece esencial es el factor más humano del llamado networking. Quizá es algo que al principio cuesta más crear, pero doy fe de que, a la larga, muchos trabajos os pueden llegar de los compañeros. Alguien oye que buscan a un traductor; un amigo no puede hacerse cargo de una traducción determinada y pasa vuestro contacto; una colega se va de vacaciones y os deriva trabajo, etc. En definitiva, ser proactivos y fomentar el compañerismo solo tiene ventajas.
María habla también de su hilo que se hizo viral y que le abrió las puertas de una editorial. Twitter (o las redes en general) es un escaparate más. Hay quienes lo utilizan solo para cuestiones profesionales, para otros es un desahogo puramente personal y un tercer grupo combina ambas cosas. No hay un método infalible y creo que, en el fondo, hay que ser auténtico y conectar con la gente. Yo también he conseguido trabajo gracias a las redes sociales y sin buscarlo activamente (otras veces sí, claro). Como todo, no son la panacea y sin un buen trabajo detrás solo serás fachada, pero si puedes meter la patita por tu forma de explicar las cosas, por tus tuits o tu blog, aprovéchalo.
Espero que os hayan gustado estas experiencias. Si os apetece, podéis dejar un comentario aquí mismo o enviar vuestro testimonio a info@las1001traducciones.com.
De entre todas las consultas que pueden llegar durante la semana de compañeros, las más habituales son: «¿Qué hago al acabar el grado?», «¿Cómo capto clientes?», «¿Por dónde empiezo?». Es normal. Sales del grado con ilusión y caes en los brazos de la incertidumbre y la inseguridad, pero créeme que esa sensación de ir como pollo sin cabeza la hemos tenido absolutamente todos en algún momento.
Y en realidad no hay una fórmula mágica —¡ojalá!—, pero cada uno intenta apañarse como puede con los consejos que le dan, los libros que lee (la semana pasada os recomendaba uno coordinado por profesoras de la Universidad de Murcia) y como buenamente puede, vaya. Por eso, aunque desde este blog he hablado muchas veces de encontrar trabajo, al final todo tiene un matiz personal y he pensado que sería buena idea dar voz a los recién egresados para que nos cuenten cómo llevaron ellos los primeros meses de actividad y cómo se las han apañado para ganarse las habichuelas.
Este es vuestro blog también y espero que a lo largo de estas semanas encontréis trucos e ideas que os ayuden si ahora mismo os encontráis en esta situación. Hoy empezamos con dos testimonios bastante distintos, los de Carla Bataller y Javier Rebollo. ¡Vamos allá!
Salí del máster llena de ilusión y energía: quería comerme el mundo, empezar a traducir libros y vivir de la traducción literaria. Pero aquello duró poco, porque mi impaciencia me obligaba a conseguir resultados inmediatos, y eso es complicado. Hay que currárselo mucho y persistir. Así que empecé a enviar currículos a todas partes. Y cuando digo todas, es todas: desde agencias de traducción hasta empresas de cualquier sector. Al final, conseguí mi primer encargo de traducción unos nueve meses después de salir del máster: localizar una página web sobre reproducción asistida al inglés y al francés.
Aquello salió todo lo mal que
podía salir. Pero aprendí muchísimas cosas de esa mala experiencia y, sobre
todo, me dio fuerzas para seguir. Ese verano conseguí trabajo como
subtituladora en una empresa grande y estuve trabajando sin parar. Una cosa
llevó a la otra y, de repente, en cuestión de un año tenía un currículo decente
en subtitulado. Pero no estaba traduciendo libros, que era lo que yo quería.
Después de idear mil y una formas de llamar la atención de algún editor, había desistido. Mi presencia en redes se centraba en hablar de subtitulado y de autoras. Por esa época, organicé un proyecto para dar mayor visibilidad a las mujeres que escriben. No ganaba dinero con aquello, pero me permitió conocer a muchas personas que acabarían siendo amigas mías y a muchas autoras de las que disfrutaría durante mis ratos libres. Y, de repente, llegó el correo.
Ese correo me cambió la vida. Provenía de una editorial independiente que aún no se había dado a conocer y en él me pedían presupuesto para traducir la obra de una escritora que a mí me gustaba mucho. No me conocían de nada, pero habían visto en las redes que era feminista, hablaba de autoras y me dedicaba a la traducción. Me hicieron una prueba y hala, contratada. «¡Ya tengo mi primer encargo editorial! Y ahora, ¿qué hago?». Pues envié más y más currículos, hasta que tuve otro golpe de suerte y una editorial me contrató. Y así hasta ahora.
¿Qué conclusiones podemos sacar de todo esto? La primera: que os lo curréis, siempre, aunque tropecéis. La segunda: que no todo depende de vosotros, porque la suerte también juega un papel importante en esto. La tercera: haced y hablad de lo que os apasione.
*Podéis encontrar a Carla y hablar con ella —es un encanto— en su blog, enviarle un correo o seguirla en twitter.*
Si bien se suele decir que la profesión del traductor autónomo es una carrera de fondo —de hecho, lo es y hay momentos en los que se precisa de mucha paciencia—, tuve suerte y me fueron surgiendo oportunidades y clientes poco a poco pero pronto.
Mi primer año de autónomo, en realidad, comienza antes de darme de alta. Si había que hablar con alguien, me acercaba o le mandaba un mensaje. No tiene sentido el miedo a preguntar y a charlar. Todos la cagamos, pero, gracias a la solidaridad de este gremio, aprendes a no caer en los mismos errores.
Las prácticas con Fernando Castillo me sirvieron para aprender muchísimo, pero lo más importante fue conformarme un porfolio interesante con el que presentarme a los estudios de doblaje y las agencias de traducción. Aproveché el tironcillo del TFG para presentar los resultados en el SELM, lo que me valió algo de visibilidad, y pude hablar con un montón de profesionales de la traducción. La ponencia luego me brindó la oportunidad fortuita de impartir clases en el máster del ISTRAD con la Universidad de Cádiz. Ahora cumplo mi primer año de autónomo cofundando AMPERSOUND con unos compañeros bastante más experimentados que yo y a los que admiro profundamente.
Como veis, una cosa ha terminado llevando a otra. Nada de lo que uno hace es en vano aunque pueda parecerlo a corto plazo; todo cuenta.
En definitiva, mis ingredientes para sobrevivir han sido hacer prácticas profesionales, ser consciente de mis fortalezas y mis carencias, compartir desde el respeto, asistir a congresos, preguntar sin miedo y aprender cada día de los mejores.
*Podéis preguntarle más cosas a Javier en su perfil de Twitter o por LinkedIn.*
¿Qué os han parecido? A mí me han llamado mucho la atención las ganas y el empeño de estos dos primeros testimonios. Empezar a moverse antes de acabar el grado y no desfallecer ante las negativas o los silencios es esencial.
Y, como veis, aunque algunos puedan pensar que las redes sociales no sirven de mucho, la buena visibilidad (en el caso de Carla en cuanto a feminismo y cuestiones afines) y el contacto con compañeros del gremio del que hablaba Javi siempre tienen cosas buenas. Al fin y al cabo todos deben saber a qué nos dedicamos y no está de más empezar a tejer una red de contactos cuanto antes.
Nos despedimos por hoy. Volvemos la semana que viene con más testimonios. Si quieres contar el tuyo y explicar tu experiencia, escribe a: info@las1001traducciones.com. ¡Gracias!
Sí, todos somos extraordinarios profesionales y estas cosas no nos pasan, o preferimos no hablar de ellas, pero en el fondo sabemos que errar es humano (y herrar también) y que alguna vez vamos a meter la pata.
Regla número 1 al recibir una no conformidad: que no cunda el pánico. Respira profundamente, puede que el cliente no tenga razón… o puede que sí. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Abandonamos la traducción y nos flagelamos con Gran Hermano VIP en modo bucle?
Carmina Fernández nos da algunos consejos útiles. En su época de gestora de proyectos en una agencia de traducción aprendió a seguir los siguientes pasos, que secundo totalmente:
1. Escuchar o leer BIEN la reclamación exacta del cliente. No metamos más el dedo en la llaga respondiendo en caliente a un mensaje airado. Aplaquemos los nervios iniciales y veamos cuál es la queja para poder solucionarla. ¿No se ha respetado el plazo de entrega? ¿No se ha utilizado el glosario del proyecto? ¿Hemos traducido erróneamente porque no hemos comprendido el texto?
2. Analizar la situación para comprobar hasta qué punto es cierto. ¿Tenemos su mensaje de encargo y realmente hemos entregado más tarde? ¿O se equivocó al indicar la fecha en el pedido? ¿De verdad nos adjuntó el glosario y nos hemos despistado? ¿O este nunca llegó a nuestras manos? (Por eso es tan importante revisar bien lo que nos envían) En el caso de que sea extranjero, ¿cree que conoce bien nuestro idioma y nos está modificando expresiones que son correctas? (No es infrecuente que alguien que no hable castellano tenga dudas acerca del estilo, por surrealista que parezca) ¿O bien la hemos cag… hemos cometido errores graves?
3. Actuar en consecuencia.
Si el cliente no tiene razón: habrá que demostrárselo, reenviarle el mensaje que recibimos sin el glosario adjunto o pasarle enlaces a diccionarios especializados donde vea que nuestras traducciones son acertadas. OJO: Algunas quejas pueden proceder de clientes cuyo revisor cree que añadir más rojo es sinónimo de trabajar mejor y habrá introducido cambios por cuestión de gusto y no para reparar verdaderos errores.
Bajo ningún concepto conviene enzarzarse en un «cuerpo a cuerpo» con el revisor. Puede que goce de la total confianza del cliente y enfrentarnos a él nos deje en peor posición. Bastará con confirmar que la opción del revisor es buena, pero que la nuestra también lo era y que el cambio ha sido cuestión de preferencia. Ahora bien, si el cliente aprovechara para hacernos cambiar más cosas o añadir tantas otras (algo que puede pasar tras una primera revisión), tal vez convendría cobrar ese tiempo.
Gestionar una queja de forma virtual no siempre es fácil.
Si tiene razón: le puede pasar a cualquiera, no somos máquinas, pero eso puede haber causado algún perjuicio al cliente. Por eso lo primero es disculparse sinceramente por las molestias. Quizá no ha podido colgar en su web una noticia que debía salir hoy o no ha llegado a imprenta un folleto que debería estar mañana en una feria. Lo mínimo que podemos hacer es aceptar nuestra responsabilidad.
Lo siguiente será buscar el modo de compensarle. Si aún estamos a tiempo, podemos modificar el vocabulario de acuerdo con ese glosario que habíamos olvidado. Volver a revisar nuestro texto si lo tradujimos con prisas o incluso pasarlo a un compañero si vemos que no dimos la talla para el grado de especialización que requería. Por supuesto, sin coste para el cliente. Si ya es tarde para enmiendas, dependiendo del alcance del error y del tamaño del proyecto, podemos ofrecer algún tipo de compensación.
Asumir las responsabilidades buscando una solución al problema es un buen ejercicio que nos sirve para tomar conciencia de nuestro error y, a la vez, demuestra al cliente un trato profesional. Si el problema causado ha sido realmente grave, habrá que recurrir al seguro de responsabilidad civil. Algunas asociaciones tienen convenios con aseguradoras que los ofrecen, como por ejemplo APTIC.
4. Tomar medidas para que no
vuelva a suceder. Será útil analizar por qué ha pasado y cómo evitarlo la
próxima vez: ¿Aceptamos el encargo sin mirar bien la agenda, se nos solaparon
los proyectos y hubo que traducirlos muy rápido? ¿Nos encontramos ante un texto
demasiado especializado porque no lo leímos antes de aceptarlo? Puede que esta
vez ya sea demasiado tarde y hayamos perdido al cliente, pero ya sabemos qué NO
hacer en el futuro.
¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis recibido quejas de un cliente? ¿Supisteis reaccionar y salir bien parados?
En el artículo anterior vimos algunas opiniones y hoy volvemos a la carga. Treinta compañeros más nos hablan de lo que les hubiera gustado que les contaran antes de lanzarse a la piscina. ¿Nos acompañas?
26. «Que hay que moverse, seguir formándote, aprender a manejar todo lo bien que puedas tu ordenador y programas del día a día, tener contacto con compañeros y con el mundo en general… y también saber decir que no». Autónoma, más de 20 años
27. «Que hay que ser autónomo sí o sí y por tanto buscarse los
clientes uno mismo. Que por mucho que escribamos a
agencias de traducción y demás clientes potenciales, los encargos te los
pasarán los compañeros porque las agencias ni contestan. También me gustaría que alguien me hubiera explicado
cómo conseguir que un compañero más experimentado (uno de la carrera no, porque
está igual que yo) me pase trabajo: por mucho que yo siga a Scheherezade Surià
o a Xosé Castro por Twitter, o hable media hora con Blanca Rodríguez durante un
congreso de traducción, no van a pensar en mí cuando les llegue un encargo que
tengan que pasar». Autónomo, 1-5 años
28. «Me gustaría que me hubieran contado un poco sobre el mundo
laboral puesto que en la universidad uno no tiene nada de contacto con el mundo
real de la traducción: agencias, particulares, cómo abrirte camino… Además,
me gustaría que me hubieran contado algo más sobre la vida del traductor
autónomo y sobre la necesidad de apoyarse en otros traductores en determinadas
ocasiones para poder sacar el trabajo adelante: revisores, traductores
subcontratados. Por último, otra cosa que eché en falta y que he aprendido con
el trabajo diario es que me hubieran instruido un poco más sobre las distintas
herramientas de TAO que existen y qué diferencias hay entre ellas (cuáles
suelen exigir las empresas…)». Autónoma, 1-5 años
29. «Que se tardan muchos años en conseguir una
clientela estable y que no se puede olvidar que un cliente se pierde en un
abrir y cerrar de ojos». Autónoma, 11-15 años
30. «La falta de respeto generalizada hacia nuestra profesión, tanto por parte de los clientes directos como (especialmente) por parte de las agencias, que muchas veces nos toman por el pito del sereno. 😛 Como resultado de lo anterior, lo duro que es a veces conseguir clientes que no nos tomen el pelo. Pero ojo: no la cambiaría por nada. ;-)». Autónoma, más de 20 años
31. «Que era importante especializarse y que para ser autónomo hay que luchar a diario y no dar nada por sentado pues las cosas cambian constantemente. Hoy puedes tener el mejor cliente y mañana ese cliente desaparece por diversas circunstancias que están fuera de tu control. No debes aferrarte, debes ser flexible y no dejar nunca de buscar clientes y de mejorar en todos los aspectos de tu negocio. ¡Hubiera estado bien que me enseñaran a ser una verdadera empresaria!». Autónoma, 11-15 años
32. «Quiero contar cosas útiles y positivas que creo que también deben
saber los nuevos traductores. Son unas cuantas…
A modo de resumen, me hubiera gustado saber antes que debes aspirar a
dominar el idioma de destino; que tienes que seguir formándote siempre; que
adaptarse no es rendirse; que siempre queda capacidad de mejora tanto en la
práctica de tu oficio como en tus condiciones de trabajo y en tus tarifas; que
se trabaja mucho, pero también es un esfuerzo apasionante y nunca dejas de
aprender y desaprender. Y por último, pero no menos importante (yo lo descubrí
muy tarde): es muy importante y
beneficioso asociarse, colaborar con tus compañeros y aprender de ellos». Autónoma,
16-20 años
33. «Que no era necesario estudiar traducción por 5 años para poder
traducir. Aprendí mucho de lo que sé fuera de la Universidad. Me gustaría que en las conferencias y
talleres no solo cuenten casos de éxito sino también el tiempo que toma
establecerse para vivir de esto. Me hubiese gustado estudiar otra carrera y
luego haberme especializado en traducción (como maestría). Al menos en mi país
no hay cursos especializados de traducción, siempre enseñan lo mismo. Me da
bronca ver cuántos se gradúan y no trabajan en la carrera por las pocas
oportunidades que hay. Hay traductores exitosos sí, explotando otros
traductores o asociados corruptamente con el estado… Los que conocemos el
campo sabemos quiénes son, pero nadie hace nada para pararlo. Ahora me va muy
bien, tengo mucha carga de trabajo aunque me encantaría poder cobrar más para
poder tener más tiempo». Autónoma, 1-5 años
34. «Soy autónoma actualmente, pero he trabajado en plantilla (la temporada más larga, durante 14 años como traductora, revisora y responsable de control de calidad). Llevo más de 30 años traduciendo.
La verdad es que dudo que nadie (sin una bola de cristal) me hubiera podido contar todo lo que pasaría en el mundo de la traducción cuando en 1987 empecé a traducir para editoriales. Estudiaba filología inglesa pero no quería dar clases. Traducíamos con máquina de escribir y la editorial te daba las hojas de papel pautadas con el número de líneas y caracteres por página. Más adelante (ya a principios de los noventa), cuando trabajé en empresas satélite que traducían para IBM, el traductor se desplazaba a EE.UU., con todos los gastos a cargo del cliente, para el testing de los programas traducidos (así pasé dos meses en un hotel en Boca Ratón, Florida, para un trabajo que ahora se hace remotamente). Tengo una foto de 1994, yo embarazadísima de mi hijo y traduciendo con un ordenador Macintosh Classic, como autónoma entonces.
A finales de los noventa, en la empresa de traducciones donde estaba entonces, nos conectábamos a la base de datos de lo que eran los inicios de IATE una vez al día, para consultar de golpe toda la lista de términos que no habíamos encontrado en los diccionarios de papel. Eran los inicios del módem. Las traducciones de los freelance nos llegaban en un disquete (ellos mismos las traían o se enviaban por mensajero).
Después de 14 años seguidos en plantilla en otra empresa de traducción
me harté finalmente y volví al mundo autónomo. Ahora trabajo para varias
empresas de traducción y editoriales y para algún cliente directo. Recibo
mensajes desde una punta del mundo a las 6 de la mañana para enviar la
traducción el mismo día a última hora a la punta opuesta del mundo. Trabajo con
herramientas TAO, memorias de traducción e incluso ofrezco MTPE. Para mí, la cuestión no es lo que sepas
antes de empezar, sino cómo te adaptas a los cambios que van surgiendo». Autónoma,
más de 20 años
35. «- Que las empresas no siempre buscan al que lo haga mejor, sino al que lo haga más rápido o más barato, pero que eso no quiere decir que tengas que cambiar tus tarifas o tu forma de trabajar. – Que es bueno preguntar y reconocer las dudas. Mejor, de hecho, que equivocarse por no preguntar. – Que es mejor hablar de tarifas con una empresa antes de perder el tiempo haciendo pruebas que a lo mejor no llevan a nada. – Que si te das de alta como autónomo, aunque solo sea para facturar un mes, y luego te das de baja, pierdes el derecho a la cuota reducida de 50 €. – Que nadie quiere trabajar con alguien que pone problemas a todo. Si algo es importante y crees que debes decirlo, hazlo siempre de buenas maneras. Si no es importante, es mejor dejarlo correr. – Que hay que trabajar mucho, y a menudo, durante los fines de semana. – Que está bien aceptar proyectos ligeramente por encima de nuestras capacidades, para ponernos retos y crecer profesionalmente. El «ligeramente» es importante, porque si aceptas un encargo que te desborde, el resultado puede ser contraproducente. – Que nunca deberías hacer una traducción inversa, por mucho que te insista un cliente, a menos que cuentes con un revisor nativo. Si lo haces y el resultado no es bueno, te perjudicará. – Que en la traducción también existe el karma, y la crítica negativa siempre vuelve. Es mucho mejor hacer crítica positiva y constructiva». Autónomo, 1-5 años
36. «Me encantaría que me hubieran explicado correctamente los
aspectos administrativos (hacer facturas, declaraciones trimestrales, ejemplo
de mail a posible cliente…) durante la carrera, aunque fuera en un sencillo
taller, porque, al menos en la mía, nunca se mencionó. También habría estado
bien que nos hubieran hablado de las páginas o portales de empleo específicos de
traducción (ProZ, Aquarius, Translators Cafe…) no son nada difíciles de
encontrar, pero que te suenen antes de terminar es un paso más.
También me gustaría haber sabido cómo las agencias asignan traducciones que puedes perder en cuestión de segundos, si tardas un minuto más en responder que otro traductor, porque a ellos les es indiferente. En general, aspectos prácticos sobre el mundo laboral, porque todos pasamos por ello, pero en mi Universidad, al menos, ni se mencionó. Y ni hablemos de tarifas, sé que es ilegal establecerlas pero decir un simple rango o que un profesor comente lo que él/ella cobra como orientación (algo que sí hicieron —unos pocos— en mi Máster de TAV, y menos mal), creo que es muy útil. Principalmente, conocimientos prácticos del mundo laboral de esta profesión». Autónoma, 1-5 años
37. «Que es un oficio que está evolucionando muy rápido hacia la traducción automática, lo que probablemente hará redundantes muchos puestos de trabajo. La evolución se deja entrever ya, con Google translate y otras máquinas en desarrollo, la traducción neural, etc. Quizá en lo sucesivo lo más importante, además de un buen dominio de la lengua materna y las lenguas de traducción, serán el control y la gestión de las memorias de traducción. Pudiera dejar al traductor relegado a una tarea de corrección de los errores de la máquina, que seguiría «aprendiendo» con lo que podría llegar a ser perfecta.
Nada de esto vale en cambio para la traducción literaria, que es otro mundo. Lo mismo se aplica a combinaciones rarísimas, para las que la máquina no se haya desarrollado tanto». En plantilla, más de 20 años
38. «Me gustaría que me hubieran contado cómo escribir esos correos que tienes que enviar a las posibles agencias o clientes. Nunca encuentro la manera justa de dar con la frase correcta. No sé si ser demasiado formal, si mostrar las tarifas desde el principio o qué hacer. Vaya, siempre te dicen que hay que buscar clientes por correo pero nunca cómo dirigirnos a ellos». Autónoma, 1-5 años
39. «Me hubiese gustado saber que al principio convenía esforzarme por averiguar y entender cómo funcionan las agencias de traducción y cómo se debe establecer un precio justo por el servicio. Lamentablemente, límites en la divulgación de este tema en foros profesionales, sumado a la falta de instrucción acerca de este tema en escuelas de traducción, generalmente lleva a los jóvenes traductores a convertirse en presa de agencias depredadoras que no valoran el trabajo de los profesionales. También me hubiese gustado descubrir un poquito antes lo valioso que es especializarse, en lugar de aceptar todo tipo de traducciones». Autónoma, 16-20 años
40. «Me habría encantado que me contasen que tengo que empezar a moverme desde que estoy en la carrera con presencia en redes, haciendo contactos profesionales o siendo miembro de asociaciones profesionales. Que alguien me hubiera hablado de opciones de voluntariado como Translators Without Borders o los voluntariados en línea de la ONU. Considero que están muy bien para empezar, ser capaz de acostumbrarte a fechas de entrega, volúmenes altos de palabras, varios proyectos a la vez, etc. También me hubiera gustado no tener profesores que me dijeran que NO se puede vivir de la traducción y muchísimo menos de la interpretación, que no íbamos a llegar nunca a ser intérpretes o cosas así. Tampoco me hubiera gustado encontrarme con docentes que me dijeran que cobrar una económica a 11 céntimos la palabra era de locos, que había puesto un precio excesivamente caro y que nadie me iba a pagar eso. Me hubiera gustado haber tenido acceso a más charlas y talleres por parte de profesionales, con precios razonables para estudiantes (que en muchos casos no tenemos ningún ingreso salvo con lo que nos ayudan nuestros padres) y que nos acercasen la realidad de la traducción y la interpretación de la mano de personas que están trabajando en el sector, viven la realidad del día a día y conocen bien cómo funciona». Autónomo, 1-5 años
41. «Lo que más, lo que más, lo que más… Que alguien me hubiera
abierto los ojos mucho antes para decirme que se trabaja y vive mucho mejor
como autónoma que como asalariada. En fin, supongo que las cosas suceden cuando
tienen que suceder, pero me da cierta rabia haber tardado tantos años en
establecerme por mi cuenta y haber perdido (en parte) el tiempo sacando
adelante el negocio de otro a cambio de una remuneración muy discutible y unas
posibilidades de promoción casi nulas. De todo se aprende, no obstante, y
entiendo que aquel arduo camino por cuenta ajena fue el que me trajo hasta
aquí… ¡y aquí me quedo!». Autónomo, 11-15 años
42. «Lo importante que es hablar con el cliente sobre el texto: qué
es, para qué lo quiere, pues eso será determinante en el proceso de traducción.
Y junto con eso, que el cliente esté dispuesto a profundizar en su explicación,
y a responder otras preguntas que puedan surgir mientras se hace la traducción».
Autónoma, más de 20 años
43. «Que ser traductor autónomo es el mejor trabajo del mundo. Tienes tus propios horarios, puedes decir que no a las traducciones que no te gustan, tú eres tu propio jefe. Anteriormente he trabajado como traductor en plantilla y la diferencia es impresionante. También he trabajado en otros sectores y sé de lo que hablo». Autónomo, más de 20 años
44. «Las tarifas mínimas
para que sea una profesión rentable y que las tarifas tienen que permitirte
tener un plan de pensiones, ahorro, previsión, buena cobertura social, etc.».
autónomo, 11-15 años
45. «Me gustaría que me hubieran contado, por ejemplo, el abismo que existe entre la calidad de recién licenciada (a pesar de las matrículas de honor) a lo que se pide en el mercado. Me habría sido más fácil. Saber que ese aprendizaje era normal y necesario. Además, esto de no parar nunca de aprender es estupendo». Autónoma, 11-15 años
46. «No meter tanto miedo
con ser autónomo, pero habernos explicado nociones básicas de las obligaciones
que tenemos con Hacienda. También recalcar la importancia del gestor». Autónoma,
1- 5 años
47. «La longitud “máxima” que puede tener una prueba de traducción, cuándo empieza a ser sospechosa una prueba demasiado larga…». Autónoma, 1- 5 años
48. «Cómo defender y
argumentar decisiones de traducción y a aceptar críticas también. Hacer
correcciones para ver cómo se puede aprender de ellas. Y, sobre todo, que nadie
te dice la parte comercial que hay que hacer, nadie te forma, ni te da
recursos. Y eso es fundamental». Autónomo, 6-10 años
49. «Que está prohibido
hacer descuentos, pues se malacostumbran los clientes. Aunque se tratara de uno
de los primeros encargos de nuestra vida, todas esas horas de esfuerzo deben
ser recompensadas plenamente. La única excepción es que fuera un encargo para
una ONG, allí sí podría considerar incluso no cobrar». Autónomo, 1-5 años
50. «Que esta es la profesión más bonita del mundo, así habría comenzado antes». Autónomo, 11-15 años
51. «Que no me bajara los
pantalones. Me explico: hay que practicar tarifas altas lo más pronto posible.
¡Desde que he subido mis tarifas, tengo más clientes! Tiene su lógica: ofrecer
precios atractivos también deja pensar que uno tiene poco trabajo y no es tan
bueno como los demás…». Autónomo, 6-10 años
52. «Me habría gustado que
no me hubieran hecho creer que podría trabajar desde donde quisiera y con el
horario que quisiera. En la práctica, y a menos que tengas la suerte de
trabajar siempre con encargos muy grandes y plazos generosos, te toca
«sincronizarte» en cierto modo con el horario de tus clientes». Autónoma, 6-10
años
53. «Que no son
imprescindibles las redes sociales, que cada vez que una empresa cambia de
Project Manager cabe la posibilidad de que tarden un tiempo en volver a
mandarte trabajo». Autónoma, 1-5 años
54. «Que hay que comenzar
a formarse en una especialidad incluso antes de terminar la carrera, porque
esas especialidades son las que te salvan la vida y te ayudan a conseguir un
buen trabajo (por lo menos, ese es mi caso a día de hoy). Además, también me
habría gustado que me dijeran que, aunque te contraten para una rama de la
traducción específica, muchas veces acabas traduciendo otro tipo de documentos
que no tienen nada que ver con ella… Y que tener un tercer idioma, por mucho
que insistan con que es imprescindible, muchas veces no se pone en práctica
tanto como para compensar el esfuerzo realizado en aprenderlo para tener
«más salidas»». Autónoma, 1-5 años
55. «Que sí hay trabajo, pero que tienes que ser constante y perseverante. Tener mucha paciencia y saber que es un trabajo de fondo y que parte de tu trabajo es buscar trabajo». Autónomo, 1-5 años
¿Qué te han parecido? ¿Ejerces de traductor y quieres matizar algo o aportar tu opinión? ¿Eres estudiante y tienes alguna duda? ¡Te espero en los comentarios!
Decía hace un tiempo que a traducir aprendemos traduciendo y equivocándonos. El tiempo nos curte como persona y, evidentemente, también como profesionales. Por eso, hace un tiempo lancé esta pregunta «¿Qué te gustaría que te hubieran contado de esta profesión antes de empezar a ejercerla?».
Hasta la fecha, 120 personas de perfiles muy diversos (autónomos y en agencia, traductores audiovisuales y editoriales, transcreadores, correctores…) la han contestado y hoy os presento aquí algunas de estas respuestas. Dejo abierta la encuesta por si aún os queréis animar y seguiremos con más aportes en la próxima entrada.
Las respuestas no siguen ningún orden en concreto, van numeradas por si queréis hablar de ellas en los comentarios y las negritas son mías. Como veréis, hay muchas de cal y otras tantas de arena. (Ya que estamos, ¿cuál se supone que es la buena, la cal o la arena?) Esta entrada está pensada para debatir y dialogar sobre la profesión, que considero muy enriquecedor, así que no os cortéis. Y, de nuevo, gracias de corazón a todos los que habéis participado.
Empezamos…
«Puff, tantas cosas. Me hubiese gustado saber que no pasa por preguntar al PM, que por muchas dudas que les plantees (dudas razonables, claro) no va a pensar que eres un mal traductor. Es mejor preguntar que entregar una chapuza. Eso sí, no mandes correos cada cinco minuto. Si tienes muchas dudas, intenta condensarlas en un solo email». Autónoma, 1-5 años
«Que es mejor llegar a la carrera de Traducción ya curtida. Que es ideal como segunda carrera o después de haber trabajado unos años. Que hace falta una madurez que pocas veces se tiene a los 18». Autónoma, 16-20 años
«Que otros traductores no te van a ayudar con nada al principio porque te ven como un peligro». Autónomo, 6-10 años
«Lo que hay que hacer cuando tu cliente (particular, agencia, editorial…) no te paga dentro del plazo establecido y qué hacer de cara a tu cliente si te pones enfermo y no puedes trabajar». Autónoma, 1-5 años
«Me hubiera gustado que me informaran mejor sobre las tarifas, las gestiones para hacerse autónomo, las salidas laborales (por ejemplo, no tenía ni idea de que podía ser gestor de proyectos) y las asociaciones que hay y sus funciones dentro del sector». Autónomo, 1-5 años
«¡Muchas cosas! Cómo preparar un buen CV como traductora, cómo buscar clientes directos y sobre todo no desanimarse como profesional en este sector. Muchos profesores nos lo vendían como algo imposible y con mucha competencia». Autónoma, 6-10 años
«Cómo preparar presupuestos. Que existe un mundo laboral para la traducción mucho más interesante y vasto que el de la traducción pública. Tecnología aplicada a la traducción. ¡En la facultad no vimos nada de nada sobre tecnología y ahora solo ven Omega3! Diversificación y especialización. Que se puede vivir de la traducción y muy bien. Los profesores en la facultad solo repetían: “Todos quieren estudiar el traductorado pero después terminan siendo profesores porque no encuentran trabajo de traducción”». Autónoma, 11-15 años
«Elaboración de un CV y proceso de búsqueda de empleo; fiscalidad para autónomos (desde cero, o sea, en qué consiste ser autónomo y qué implica, trámites…); tarifas… Quizás mi respuesta sea muy general, pero creo que refleja que no tenía ni idea de cómo empezar en esto cuando terminé la licenciatura». Autónoma, 6-10 años
«Las relaciones interpersonales (con los clientes y con los compañeros de profesión) son tan importantes como labrarse un buen currículum. A veces, incluso más». Autónomo, 11-15 años
«Cómo defender y argumentar decisiones de traducción y a aceptar críticas también. Hacer correcciones para ver cómo se puede aprender de ellas. Y, sobre todo, que nadie te dice la parte comercial que hay que hacer, nadie te forma, ni te da recursos. Y eso es fundamental». Autónomo, 6-11 años
Temas de fiscalidad: cómo darse de alta de autónomo, cuándo es necesario que me dé de alta, qué categoría profesional me toca si estoy en plantilla, qué herramientas tengo que saber usar, cómo es el trabajo en plantilla y cómo es siendo autónomo, cómo negociar tarifas/sueldo». En plantilla, 1-5 años
«Tuve la suerte de licenciarme en la época dorada de los blogs y las conferencias de traducción: en aquel momento había muchísimo intercambio de ideas y un montón de información útil, así que me ha costado encontrar algo para lo que no estuviera demasiado preparada mentalmente. Aunque a veces escuchar las experiencias de otros no baste para evitar cometer sus mismos errores, sí que te puede ayudar muchísimo a tenerlos presentes y huir de ellos más pronto que tarde. Además, he sufrido pocos de los problemas a los que se enfrenta la mayoría de la gente al empezar, que suelen ser bastantes, por desgracia. Algo de lo que creo que durante mucho tiempo no hablamos lo suficiente es de la necesidad de bajar un poco el ritmo cuando ya llevas unos años en esto o, mejor dicho, de no forzarnos a estar siempre en activísimo solo por el miedo a perder el impulso. Creo que es muy sano darse un respiro de vez en cuando, y no hablo de disfrutar merecidamente de unas vacaciones, sino de encontrar una semana de paz sin mucho (o nada) de trabajo para analizar si estamos cómodos con nuestra situación laboral. Y no solo se trata de buscar clientes con la barriga llena, como se suele decir, sino de construirte una imagen más amplia de tu recorrido y de hacia dónde quieres (o puedes) ir. A veces nos atrapamos tanto a nosotros mismos en la rutina que podemos llegar a perder de vista por qué nos dedicamos a esto. Me gustaría haber oído más voces tranquilizadoras que contaran que no hay por qué tener miedo a cambiar si las cosas no son como esperabas: de clientes, de especialidad o de profesión, incluso. Los traductores tendemos a ser muy exigentes, y quizás a quienes más presionamos muchas veces es a nosotros mismos». Autónoma, 6-11 años
«No quiero decir que haya tenido experiencias demasiado malas, pero me hubiera gustado saber que ser traductor no quiere decir que de entrada podés traducir un catálogo de partes de autos si no sabés nada del tema, que no es lo mismo trabajar para agencias que para clientes directos (ventajas y desventajas de cada caso y las consabidas TARIFAS) y aunque sea una orientación sobre dónde buscar información confiable sobre los temas que nos afectan a los traductores». Autónoma, 6-10 años
«La contabilidad del autónomo especialmente. Pero también lo que tardan en pagarte las dichosas facturas… y lo que tienes que perseguir a los clientes para que lo hagan, como si estuvieses mendigando algo que debería darse por hecho. Se podría hacer un experimento con un traductor autónomo que nunca insiste en ningún pago y ver cuánto gana al año versus cuánto debería haber ganado. Yo apuesto que ni la mitad». Autónoma, 1-5 años
«La realidad del sector, esencialmente. Está bien que en la carrera te metan tanta práctica, porque creo que de verdad te enseñan a traducir. Cuando empecé a hacerlo profesionalmente me di cuenta de que la universidad me había enseñado técnicas que de otro modo hubiera conseguido a fuerza de porrazos, pero una charla sobre realidad no hubiera estado mal. En mi caso ni siquiera sabía que era prácticamente imprescindible ser autónoma ni sabía nada sobre facturar. Tampoco sabía cómo ni por dónde empezar a buscar trabajo y a moverme por el mundillo. No sabía ni qué tarifas pedir (y ojo, entiendo que es una profesión libre y el hermetismo al respecto, pero lo más útil que me podrían haber dicho es «menos de X te están timando»). Recuerdo a profesores reírse cuando preguntábamos por tarifas y dejarnos sin respuesta y con cara de bobos. En el caso de editorial, me hubiera gustado que me hablaran de contratos, de tarifas, de cómo funciona una editorial. Pero sobre todo de los derechos de autor, qué son, cómo nos afectan, cómo podemos ejercerlos, qué implican». Autónomo, 6-10 años
«Me habría gustado saber que se puede ser un buen traductor sin necesidad de la carrera de TeI, que a pesar de esto la formación continua es indispensable, que hay que tener la mente muy abierta porque es una profesión que cambia casi a diario, y que hace falta muchísima perseverancia para tener cierta estabilidad». Autónomo, 11-15 años
17.
«1) Guarda dinero en los tiempos buenos para cuando lleguen los malos
2) Hay veces que es mejor perder un cliente o un socio que perder la salud, la tranquilidad o la reputación
3) Aprende. Aprende siempre». Autónomo, más de 20 años
«Que para poder vivir como una persona iba a tener que facturar el triple de lo que necesito porque la fiscalidad y Hacienda iban a ser mis peores enemigos». Autónomo, 6-10 años
«Yo ya tenía experiencia previa montando empresas, así que sabía que no iba a ser nada fácil. Empezar desde cero sin que nadie te conozca es complicado y hay que echarle mucho valor, paciencia y cara para encontrar los primeros clientes. Las andaduras en solitario suelen ser muy difíciles y es necesario tener un «colchoncito» para poder ir tirando los primeros meses hasta poder abrir las alas y echar a volar. A lo largo de este tiempo, he encontrado muy buenos compañeros de profesión que no dudan en ayudarte siempre que tienen la oportunidad. Pero por desgracia, también he visto cómo clientes (agencias, clientes particulares e incluso compañeros) intentan abusar de tu tiempo y de tu esfuerzo (desprestigiando a veces tu trabajo) para obtener el máximo beneficio. Desafortunadamente, durante la carrera y el máster, los profesores te cuentan qué bonito es el mundo de la traducción, pero muy pocos conocen la realidad de la industria. Todo el mundo es muy optimista hasta que sale de la burbuja y se topa con el mundo real. Eso es lo que me hubiera gustado que me contasen: que hay cosas buenas y malas, cosas fáciles y difíciles, que hay que dar la cara, darse a conocer (y a valer) y que también lleva tiempo entrar y consolidarse en este mundillo en el que siempre tenemos cosas por aprender». Autónoma, 6-10 años
«Me gustaría que, desde el primer momento, me hubieran dicho lo importante y lo útil que es formar parte de una asociación profesional». Autónomo, 6-10 años
«1) Que cada agencia utiliza una terminología distinta para los mismos servicios y peticiones que te hacen; 2) Cómo darse de alta, hacer plantillas de facturas incorporando tarifas y estadísticas de CAT para distintos clientes y, en definitiva, llevar tu contabilidad de forma EFECTIVA; 3) Que a veces ocurren desastres y no es el fin del mundo, aunque te lo parezca en ese instante. No es ni el fin del mundo ni probablemente el de tu carrera profesional». Autónoma, 11-15 años
«Echo de menos tener más conocimientos filológicos. Aunque he leído mucho por mi cuenta y soy consciente de que sé escribir bien, dejé de estudiar gramática y literatura en el bachillerato. Y lo noto mucho en ocasiones. También echo de menos no saber nada de latín ni de griego. Me estoy planteando muy seriamente estudiar una filología para colmar esas lagunas». Autónoma, más de 20 años
«Aunque yo accedí directamente al segundo ciclo de la licenciatura de Traducción e Interpretación (año 2009) y quizá mi experiencia no sea comparable a la de aquellas personas que han hecho 4 o 5 años, lo que eché mucho de menos (aunque en ese momento quizá no fuera consciente) es que se tratara la visión más económica y empresarial de la traducción.En realidad es un mal de la mayoría de las carreras universitarias, por no decir de todas: no se llegan a aplicar los conocimientos teóricos a la realidad laboral. Me hubiera gustado que me hablaran de cómo está organizada la industria: cómo funciona una agencia de traducción, qué puestos existen, qué fases tiene la gestión de un proyecto, qué es un control de calidad, qué hay que tener en cuenta como autónomo a la hora de rentabilizar tu trabajo (productividad, plazos, impuestos, etc.), cómo hacer un plan de desarrollo como autónomo, cómo prospectar clientes, cómo elaborar un plan de marketing básico, qué documentación es necesaria para presentarte ante un cliente potencial…En resumen, nadie dice que las máximas de Grice no sean interesantes y que, por supuesto, la gramática, la pragmática y la semántica no sean imprescindibles para ser bueno en tu trabajo, pero para poder vivir de ello también te hace falta otra serie de habilidades que al final tienes que aprender sobre la marcha, una vez ya metido en harina… :-)». Autónoma, 6-10 años
«Que 30 años después seguiría costando Dios y ayuda ganarse la vida con cierta dignidad traduciendo libros». Autónomo, más de 20 años
«Me hubiera gustado que en la carrera me hubiesen hablado más del mundo laboral: de los plazos de entrega reales; cómo se cuentan (y se pagan) las palabras; cómo facturar; encargos con exigencias parecidas a las de un cliente real (adaptar el texto a una situación concreta); ver en más profundidad el tema de la revisión de textos y traducciones; aprender a usar ciertas funciones de SDL Trados. Entiendo que la carrera solo es una base sobre la que construir al terminarla y que no es posible verlo todo antes de empezar a trabajar. Sin embargo, sí que creo que es imprescindible hablar de asuntos prácticos con los que nos encontramos los traductores autónomos en el día a día, que al fin y al cabo es la opción profesional más concurrida entre los egresados». Autónoma, 1-5 años
***
Y por hoy lo dejamos aquí. La semana próxima volvemos a la carga con más. ¿Qué os ha sorprendido? ¿Coincidís o discrepáis con alguna de las opiniones? ¡Espero vuestros comentarios!
Reconócelo. Tú también lo has hecho alguna vez. Yo lo he hecho varias veces y en público.
No, no me refiero a eso. Hablo de criticar una traducción. Sea por demostrar el estupor ante algo que creemos obvio o porque pensamos que se puede sacar una enseñanza, el caso es que terminamos criticando la traducción de un compañero. Pensamos más en el error y no en la persona —al menos esa ha sido la intención que he tenido yo siempre cuando he hablado de alguna traducción— y el objetivo en teoría no es ridiculizar al traductor ni proclamar que tú o yo lo haríamos mejor. Pero lo que termina pasando es que sí ponemos el dedo en la llaga del traductor sin conocer el contexto en que se ha producido dicho error.
Os preguntaréis a qué viene esta entrada ahora. Bueno, es algo que llevo pensando desde este verano y, sobre todo, al ver lo que ha pasado con la polémica de Roma (Alfonso Cuarón, 2018). En este último caso, he visto a compañeros cebarse con algunas elecciones léxicas de la traductora, yendo mucho más allá de la crítica por el hecho de subtitular la película a nuestro español y que, en cualquier caso, es algo que no la incumbía a ella.
Este verano compartí una foto que había colgado un compañero en un foro de traducción de Facebook. En esa foto había un error muy llamativo, habían bautizado Nueva Suéter a Nueva Jersey. Es un error de los que llaman poderosamente la atención y que muchos supusieron que había sido cosa de la traductora. A mí me pareció curioso y lo compartí en mis redes sin ir más allá, sin pensar en la autora de esa traducción y en cómo se podría sentir al ver cómo degeneraban muchos de esos comentarios. Evidentemente, el gazapo estaba ahí y muy seguramente habían sido los duendes de la edición.
Resulta que esa novela se había vendido en Latinoamérica y al querer acercarla más a los lectores de allí, habían hecho un buscar y reemplazar sin cerciorarse bien de los cambios. Y así se distribuyó, sin que la traductora lo supiera. ¿Cómo lo sé? Pues porque la propia traductora lo comentó en la publicación original en Facebook, aportando incluso pruebas del texto que había entregado a la editorial. Por mi parte, me sentí fatal, eliminé esa publicación de todas las redes donde la había colgado, hablé públicamente de eso en Twitter y me disculpé personalmente con la traductora. Algunos pensaron que no pasaba nada, que tampoco había que hacer una montaña de un grano de arena, pero me puse en su piel y supe que me dolería si pasara algo así.
Muchas otras traducciones se han vilipendiado en foros y perfiles diversos sin pensar, creo, en que incluso es una manera de tirarnos piedras contra nuestro propio tejado (algo así como poner en tu web la imagen del teclado con la tecla de traducir, como si fuera algo tan fácil). Sin querer, muchas veces nosotros mismos contribuimos a esa parte del oficio que tan poco nos gusta ver: la visibilidad para mal, el fracaso de la traducción como tal. Y yendo más allá de la traducción como disciplina: todos nos equivocamos y a todos nos pueden pillar en un renuncio. Dudo mucho que nos gustara vernos en esa situación.
Y, aun así, esto mismo sigue siendo la tónica habitual en muchos trabajos universitarios, en los que, al final, el análisis de una obra se acaba convirtiendo en una crítica a la traducción de un libro, una serie o una película sin conocer los detalles que ha habido en su producción y sin tener en cuenta a los demás eslabones de la cadena. También sucede en los trabajos comparativos entre las versiones doblada y subtitulada de un mismo producto, como comenta Stavroula Sokoli en este hilo. Si no lo ha traducido la misma persona es normal que haya inconsistencias, por ejemplo, y como seguramente no tengamos acceso al traductor, no conoceremos el contexto: si el traductor disponía del guion final, si tuvo que sacar cosas de oído, si tuvo mucho o poco tiempo para documentarse habida cuenta del plazo de entrega y muchos otros factores. Ojo, no hablo de limitar la libertad de expresión, cada uno es libre de quejarse de lo que quiera, pero hay formas y formas.
Por suerte, empiezo a ver en redes cada vez más elogios a las traducciones y eso es lo que deberíamos fomentar: el intercambio de buenas soluciones. Porque de los errores se aprende, sí, pero alabar una buena traducción y aplaudir lo bueno que encontremos en ella es mucho más saludable y productivo para todos. Por mi parte ya he empezado a aplicarme el cuento.
Un año. Bueno, casi un año llevo ya en esto de «conciliar», si es que existe el concepto como tal. Doce meses de descubrir facetas que no conocía de mí misma y de tratar de encajar las piezas de un día a día que ya era ajetreado de por sí. Pero al final el amor de una madre se declina en muchas formas y, sí, de todo se sale. Doce meses de combinar un buen ritmo de trabajo con un «creo que pide teta» (la lactancia a demanda es lo que tiene); de hacer una videoconferencia con el moisés al lado y que justo en el momento más interesante empiece a llorar; de tener al técnico de una editorial al teléfono mientras te instala de forma remota un programa informático —y tú con el peque encima— y tener que cortar porque le empezaba a asomar una mancha marrón muy sospechosa por la espalda. En realidad creo que llegué a decirle: «Perdona, pero llámame dentro de 15 minutos porque se me ha cagado el niño».
En fin, han pasado doce meses y la vida ha cambiado. Y como sé que hay futuros papás traductores que me leen, os cuento cómo ha ido este primer año, los trámites, lo bueno y lo malo, y unos consejillos que me han ayudado durante estos meses.
TRÁMITES
Cuando me quedé embarazada aún combinaba los dos trabajos, así que pedí la baja médica —que no resta de la baja maternal como hace años— en la semana 32 puesto que ya no podía conducir para ir a las empresas a impartir clases de inglés ni podía estar de pie mucho rato (de hecho, la baja me la dieron por la bipedestación y no por el riesgo que podría conllevar el conducir). En este caso fui a mi médico de cabecera, que me fue dando los partes para llevarlos a la oficina de la Seguridad Social. No tuve que llevar muchos, porque el peque tenía prisa por salir y se adelantó un mes. Eso sí, ese tiempo, igual que en la baja maternal, cobré por partida doble, por mi trabajo como asalariada y por los autónomos.
Con el nacimiento del bebé llegaron los trámites del registro y similares, papeles que —no me preguntéis por qué— me daban mucho reparo. Supongo que tenía miedo de meter la pata con algo y que el niño acabara sin papeles. De hecho no sería la primera vez que la administración se equivoca. Yo estuve inscrita en defunciones y no en nacimientos durante unos días porque el funcionario se equivocó con mis papeles allá por el año… esto… hace unos años.
Al caso, también me ayudó bastante reunirme con el gestor para ver qué papeles podía mover y qué ventajas tenemos. Por ejemplo, hay una ayuda de 100 euros mensuales hasta que el niño cumpla 3 años y puedes pedir que te la abonen mes a mes o todo junto para la declaración de la renta. Y también se pagan solo 50 € de autónomos mensuales en lugar de los casi 300 € durante el primer año.
EL BALANCE HASTA AHORA
Lo positivo
Me lancé por fin y dejé las clases. Me gustaba mucho la enseñanza y su factor social, sobre todo en el caso de grupos de adolescentes y adultos, pero prefería la traducción mil veces más. Llevaba años con miedo a dejar el (buen) sueldo fijo de las clases, a pesar de que luego tenía que traducir a horas intempestivas y había hipotecado casi todos mis fines de semana. Saber que iba a ser madre, y el trabajo que eso conlleva, me empujó a dar el paso por fin y no me arrepiento nada de nada.
He aprendido mucho vocabulario. Si eres traductor médico quizá ya te sepas la lección, yo no. Por suerte, no sentí el dolor de las contracciones Braxton Hicks (las previas) ni las otras (cosas buenas de tener un umbral del dolor muy alto), pero si lo pasé algo peor con los entuertos (contracciones de posparto o puerperio, como los retortijones más chungos de la regla). No tuve que sufrir una episiotomía (pequeña incisión que se realiza… ya sabes, ahí, para evitar desgarros en el parto), pero sí una mastitis (cuando al dar de mamar se tapona un conducto en el pecho; se ve porque sale una perla de leche). En cuanto al peque, descubrí muy pronto la consistencia del meconio (o chapapote; sus primeras cacas, vaya), pero no la costra láctea (una costra de aspecto bastante desagradable en la cabeza). Por suerte, tampoco salió con mucho lanugo —y mejor, porque con la cantidad de pelo que tengo yo, en la cabeza, temía que me saliera apantojado—; por cierto, descubrí que dicho vello también sale en personas anoréxicas, puesto que es una forma que tiene el cuerpo de no perder calor. ¿Cómo os quedáis?
Ha aumentado mi productividad. Parece mentira, pero es así. Ahora que sé que el tiempo que dispongo es más limitado, lo aprovecho mucho mejor. ¿En qué perdía tanto el tiempo antes de ser madre? Ahora bien, esta productividad no llega sola. Me ha ido muy bien reorganizarme, apuntármelo todo y definir tanto horarios como espacios. Me mudé en agosto del año pasado y disponer ahora de una habitación solo para trabajar, con las paredes forradas de libros, dos mesas grandes para que quepa bien el sobremesa, la impresora, el portátil, etc. y una pizarra para apuntar las cosas… ayuda. Mucho.
Puedo disfrutar más de mi hijo. Obvio. Aunque vengan los abuelos a echar una mano por la tarde, lo tengo cerca. A veces, hasta se escapa del salón y viene a verme al despacho. A sacar los libros del estante inferior. A tirar la papelera. A revolver entre los papeles. Es tan mooono.
Lo negativo
Aislamiento. Sobre todo al principio. Nadie te cuenta lo duro que es el posparto. Si tienes un embarazo bueno como el mío, son unos nueve meses de fábula y, en mi caso, hasta fueron la mar de productivos. Pero, ay, en cuanto sale el vástago… todo cambia y tú cambias con él. Y de repente te ves con una personita a la que no entiendes y todo se te hace un mundo. A mí me costó la vida salir de casa aunque fuera a dar un paseo. Quería tenerlo todo preparado y planificado y requetemirado antes de salir a la calle y me encerré un poco en mí misma.
El cansancio. Otra obviedad. No todos los niños son iguales y dicen que algunos duermen bien. Dicen, porque el mío ha salido muy activo y poco dormilón. Ponerse a teclear por la mañana después de despertarte unas 3, 4 y hasta 5 veces cuesta.
El sentimiento de culpa. Ahora que va a la guardería, soy incapaz de tomarme una mañana libre o de ir al gimnasio que pago religiosamente cada mes o ir a esas clases de yoga que se me antojaron el otro día. Es un sentimiento de culpa del tipo «¿Estás pagando para que te “guarden” al niño (no es cierto, hacen actividades y lo estimulan de una forma que yo no podría hacer) y tú te vas al gimnasio o de compras? No, no, chata, tú a trabajar en tu despacho». Y así acabo trabajando un poco más de la cuenta.
Menos tiempo disponible. No es ninguna sorpresa. Habréis visto que mi ritmo de publicación en el blog ha bajado, por ejemplo. También porque no soy de las que escribe dos párrafos y ya, solo por amor al SEO. El niño necesita un tiempo que, evidentemente, resto a cosas quizá no menos importantes (que también) pero sí accesorias. Por otro lado, reconozco que vivo más feliz sin estar tan tan atenta a las redes (dejarlas del todo me es imposible) y me resbalan cosas que antes me habrían afectado un poco más.
El miedo a perder clientes. Y a perderme a mí. Os soy sincera, solo estuve unas tres semanas sin trabajar. Primero, porque no me sé estar quietecita; segundo, porque lo necesitaba. Necesitaba seguir siendo yo. Y, evidentemente, también tenía miedo de que los clientes se olvidaran de mí, aunque los hubiera avisado a todos previamente. Aun así, cuidado con esto porque hay cosas que no puedes controlar y yo casi me pillo los dedos con la entrega de un libro porque, como decía, el heredero decidió nacer antes de tiempo.
Sin embargo, que este miedo no os empuje nunca a aceptar lo que sea y con las condiciones que sea. Os cuento. A los siete meses y poco de embarazo me escribió una chica que había escrito un libro de cuentos para que se lo tradujera al castellano y al catalán. Tenía incluso a un agente, un chico que me hizo la prueba de traducción. El plazo era generoso y el texto no era muy complicado, así que acepté el encargo, pero por si acaso derivé la traducción al catalán una compañera (ella firmaría su contrato correspondiente y aparecería en los créditos de esa versión y yo haría de traductora al castellano y de gestora a la vez). Les conté mi situación, pero les aseguré que estaba todo controlado porque así era. Al poco de tenerlo ya todo firmado y empezado, quisieron que quedáramos para conocernos y hablar del libro, de cómo querían la traducción, etc. Quedamos el domingo 5 de noviembre para almorzar. Roc decidió la madrugada del 4 al 5 que ya había esperado suficiente y, aunque no nacería hasta las 17, ya me veis por la mañana, en la cama del hospital escribiendo para decir que no iba a poder quedar, que el bollo iba a salir del horno. En teoría lo entendieron. En teoría.
Durante los días siguientes estuvieron escribiendo sin parar poniendo en duda la viabilidad del proyecto, que si no iba a poder lo dejábamos y rescindían el contrato, etc. La traducción al castellano estaba ya medio hecha y tenía a mi compañera ocupada con la otra versión. Total, que me pasé los tres días de ingreso correo arriba, correo abajo. ¿Compensó? Pues no. Y como no podía ser de otra forma —y esto imagino que lo veréis en algún momento si no lo habéis hecho ya—, los clientes que son tan tiquismiquis, que cambian de opinión o el texto a última hora y que ponen muchas pegas suelen ser malos pagadores. Tuve que estar insistiendo varias semanas hasta que pagaron.
MIS CONSEJOS
Conócete y conócele. Si alguna vez ya hablamos de los ritmos circadianos, ahora más que nunca conviene pensar un poco en los horarios: ¿eres de horario panadero u horario lechuza? Hay traductores que prefieren levantarse muy temprano porque rinden más por la mañana y así se dejan la tarde libre para disfrutar de sus hijos; otros prefieren el horario lechuza y aprovechan cuando sus hijos se acuestan. Como todo, no hay una única solución y cada uno hace lo que puede. Yo aprovecho cuando está en la guardería y luego las horas por la tarde cuando vienen los abuelos, pero no trabajo después de cenar porque necesito también mi ratito de descanso y Netflix.
Planifícate. Si la planificación es importante sin descendencia, imagínate cuando la tienes. En el despacho tengo una pizarra en la que me apunto las entregas y cómo las llevo, semana a semana (sobre todo en el caso de las traducciones editoriales cuyo plazo es mayor) y me apunto en una agenda todo lo que hay que hacer cada día y lo que queda pendiente. Además es muy satisfactorio ir tachando lo que ya he hecho.
Adelanta lo que puedas. Otro esencial. Nunca sabes si se va a poner enfermo o va a haber cualquier otro tipo de contratiempo. Si me entra alguna traducción cortita, aunque sea para dentro de dos días, intento ponerme con ella de inmediato y dejarla lista. Por si acaso.
Reconoce tus límites. Descubrirás que no puedes con todo. Las camisetas de mamá es superwoman son muy bonicas, pero intentar abarcar más solo trae insatisfacciones; te lo digo con conocimiento de causa.
Acepta la ayuda de los demás. Esto va relacionado con lo anterior. Aceptar ayuda no es fracasar. Ya sea la suegra, tu madre, tu cuñada, tu hermano… En la crianza se oye decir mucho que hace falta tribu y es cierto. Laboralmente, aprende a delegar, subcontrata o pasa trabajo directamente. Así puedes seguir manteniendo al cliente porque le solucionas la papeleta.
Por mi parte, sigo aprendiendo, aún llevo la L de novata, y me toca improvisar muchas veces, pero para esto no hay manuales que valgan, otra cosa que he aprendido a la fuerza durante estos meses. Si vais a ser padres, felicidades y que sea una hora corta (no tenía ni idea de qué quería decir eso antes de quedarme embarazada) y si ya lo sois y queréis compartir vuestros trucos y consejos, adelante, este blog es todo vuestro.
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Imágenes usadas con el consentimiento expreso de Kara Western (@karacandraw).
Los traductores te acompañamos desde que te acuestas con ese libro tan jugoso hasta que te levantas. Estamos contigo en tu día a día: en las etiquetas de tu champú, en los ingredientes que llevan las galletas del desayuno o el manual de instrucciones de esa máquina que solo lees cuando te da problemas. Estamos en la sombra detrás de las series que consumes compulsivamente, los documentales de la 2 y los peliculones de sábado tarde en Antena 3. Estamos ahí aunque no se nos vea.
En días como hoy, 30 de septiembre y Día Internacional de la Traducción, salimos todos a pedir no solo que se nos vea más, sino tener unas mejores condiciones, unas tarifas más dignas y el reconocimiento de nuestro trabajo (y no solo cuando erramos, que nos conocemos).
Sin embargo, con esta pasión por nuestro trabajo, a veces nos dejamos llevar por opiniones encendidas y por un ensalzamiento casi exacerbado de nuestra profesión. Por eso, en noviembre pasado y con motivo de mi invitación al Euskarabildua en San Sebastián, decidí abordar esta cuestión: ¿Es posible un mundo sin traducción?
Aquí tenéis el vídeo de la ponencia (empieza en el minuto 1:00) y la presentación. ¡Espero que os guste y, por supuesto, que paséis un día estupendo!
Por cierto, por si aún hay algún despistado, sorteamos 3 bolsas traductoriles la mar de majas. Solo hay que seguir este enlace.
Y para acabar de tirar la casa por la ventana, que hoy es un día de fiesta, los cinco primeros que dejen un comentario en esta entrada, se llevan unas pegatinas de las traductoras pin up.