Sí, leo la misma frase quince veces. A veces, a la decimoquinta, descubro que el problema estaba en la frase anterior. O que tenía hambre. Hay diagnósticos profesionales que solo pueden hacerse después de comer.
Desde fuera, traducir debe de parecer una actividad bastante tranquila: una persona delante de un ordenador, leyendo y escribiendo. Desde dentro, en cambio, hay bastante más ruido. Sobre todo porque también hablo sola. Leo diálogos en voz alta, pruebo insultos, murmuro declaraciones de amor y compruebo si esa réplica tiene suficiente mala leche. Una frase puede ser impecable sobre el papel y sonar como una circular de la comunidad de vecinos cuando la pronuncia un personaje. Y cuesta creerse una escena de pasión si uno de los dos parece estar tramitando una incidencia.
También hago gestos. Si alguien gira la muñeca, se encoge de hombros o se coloca en una postura que no acabo de visualizar, lo pruebo. Dentro de mis posibilidades, evidentemente. Hay límites físicos y cierta dignidad que conviene conservar (aunque esté yo sola en el despacho casi todo el día).
Mi historial de búsquedas merece un capítulo aparte. En él pueden convivir partes de una armadura, plantas venenosas, nudos marineros, ropa interior de otros siglos y dudas anatómicas muy específicas. Todo tiene una explicación laboral, aunque quizá no sería la primera que se le ocurriría a alguien que le echara un vistazo.
Y sí, celebro encontrar una palabra como si hubiera marcado un gol. Después de pasar un buen rato buscando una solución, dar con la que tiene el sentido, el registro y el ritmo que necesitas produce una satisfacción difícil de explicar. No siempre es una palabra espectacular. Puede ser un verbo de lo más corriente. Precisamente: era ese, lo tenías delante de las narices y no lo veías.
También borro frases que me gustan. Esta confesión duele un poco más. A veces has encontrado una expresión redonda, ingeniosa, preciosa… que el personaje jamás diría. O que añade un efecto que el original no tiene. Pues fuera. Con un pequeño disgusto, pero fuera.
Dudo de cosas que sé perfectamente y compruebo palabras que he escrito cien veces. Uso diccionarios. Muchos. También pregunto a compañeras, porque hay atascos que otra persona resuelve con un «¿no será esto?». Y sí, era eso.
Todo esto sucede antes de que alguien abra el libro y lea una frase sin detenerse en ella. Ese es, muchas veces, el resultado del trabajo bien hecho: que no se noten las 15 lecturas, las 3 versiones descartadas ni la conversación con la pantalla. Que el diálogo suene vivo y el lector quiera pasar página.
Para celebrar el Día Internacional de la Traducción, brindo por todas las personas que dedican horas y horas a hacer posible todo esto. Y por ese sinónimo que todavía se resiste.
Ves una cubierta en Instagram. Días después, alguien recomienda ese mismo libro en TikTok. Aparece en otro vídeo, en una foto, en una lista de lecturas pendientes. Cuando lo encuentras en una librería, ya te resulta familiar. Quizá no recuerdes el título ni sepas muy bien de qué trata, pero lo reconoces y lo coges para leer la contracubierta. La recomendación no ha terminado necesariamente en una compra, aunque ya ha conseguido algo bastante valioso: que te fijes en ese libro entre todos los demás.
De algo tan cotidiano como esto se habló en el foro de UNIR «Entre libros y algoritmos: la literatura en la era de las redes sociales». La conversación abordó la influencia de las plataformas en la promoción, la búsqueda de autores, la escritura y las decisiones lectoras. Hay más formas de llegar a los lectores, sí, pero autores y editoriales tienen que dedicar cada vez más esfuerzos a hacerse ver.
La recomendación empieza mucho antes de que el libro llegue a la librería. Durante la sesión, Andrea Izquierdo (escritora y divulgadora literaria) habló de cómo las editoriales y los scouts literarios, profesionales que detectan obras y oportunidades en otros mercados, incorporan las plataformas digitales a su búsqueda. A las novedades y las listas de ventas se suman las conversaciones de BookTok, las historias publicadas por entregas y las comunidades que se forman alrededor de autores o personajes.
Si una historia ya tiene miles de lectores pendientes de cada entrega, es comprensible que una editorial se fije en ella. De ahí la atención que despiertan ciertos fenómenos de Wattpad o del fanfiction, y la posibilidad de que una obra genere ofertas internacionales incluso antes de publicarse en su mercado de origen. En el foro se mencionaron las historias surgidas del universo de fans de Hermione y Draco Malfoy (Dramione ♥), además del caso de Alex Aster, para ilustrar esa capacidad de reunir expectación alrededor de un libro.
Draco + Hermione
Ahora bien, una comunidad de lectores, un vídeo con muchas reproducciones y una previsión de ventas son cosas distintas. Que mucha gente vea un vídeo sobre una novela no significa que toda esa gente vaya a comprarla. Parece una obviedad, pero a veces nos deslumbramos bastante con los números.
Las redes también permiten recuperar títulos de fondo. Una novela publicada hace años puede encontrar nuevos lectores porque alguien la recomienda y esa recomendación empieza a circular. Me gusta especialmente que, entre tanta novedad, un libro pueda volver a leerse y comentarse sin que su autor haya escrito una continuación ni se celebre un aniversario redondo.
Lo preocupante es que esas prisas acaben afectando a cómo se hacen los libros. En la sesión se expresó preocupación por la sobreproducción, la rotación de las mesas de novedades y las prisas con las que algunos libros llegan al mercado. Si la oportunidad comercial parece durar apenas unas semanas, aumenta la tentación de acelerar todos los procesos para llegar a tiempo.
Como traductora, esta parte me toca de cerca. Que una novela se vuelva viral en un fin de semana no reduce el trabajo necesario para traducirla, revisarla y corregirla, ¡obviamente! Seguimos necesitando tiempo para encontrar la voz de un personaje, resolver una ambigüedad o mantener la coherencia de cuatrocientas (o setecientas) páginas. Esta es una reflexión que añado desde mi oficio: cuando hablamos de aprovechar una tendencia, también deberíamos preguntarnos en qué condiciones trabajan quienes hacen posible que ese libro llegue a otra lengua.
La misma conversación sobre el ritmo afecta a las librerías. El espacio es limitado y las novedades siguen entrando. Para un autor, ver cómo su libro pierde presencia al poco tiempo puede resultar desalentador, pero cargar toda la responsabilidad sobre el librero sería ignorar el funcionamiento del conjunto. Si a las pocas semanas ya estamos pendientes del siguiente lanzamiento, ¿cuándo va a tener tiempo ese libro de darse a conocer?
También ha cambiado lo que se espera de quien escribe. Una de las ideas más claras del encuentro fue la ampliación del trabajo del autor: además de escribir, revisar y participar en el proceso editorial, se le pide que sepa comunicar, grabar vídeos, editar imágenes, mantener una comunidad y hablar de su libro sin que parezca que siempre está hablando de su libro. Todo eso, a menudo, al salir de su otro trabajo.
Las redes pueden ser un lugar agradable de intercambio. Permiten conocer a los lectores, compartir intereses y explicar aspectos del trabajo que antes quedaban fuera de la conversación pública. Pero una cosa es disfrutar de esos ratos y otra sentir que tienes que publicar algo todos los días, aunque para hacerlo acabes dejando de escribir.
Ernesto Pérez Zúñiga, director del Máster en Gestión Editorial de UNIR, planteó durante el foro que el autor ocupa ahora los dos extremos de la cadena: crea la obra y participa también en su venta. Y me pregunto: ¿cuánto trabajo adicional estamos dando por supuesto cuando pedimos que alguien «tenga presencia en redes»? Una cuenta activa requiere tiempo, habilidades y energía. Y escribir bien no implica sentirse cómodo delante de una cámara.
La presión puede empezar, además, antes de terminar el manuscrito. Si sabemos qué géneros funcionan, qué personajes generan conversación o qué frases se comparten, resulta fácil empezar a escribir con ese escaparate en la cabeza. En el encuentro se habló del riesgo de concebir una historia pensando de antemano en su etiqueta, sus tropos o su potencial para convertirse en un vídeo.
Claro que ayuda saber qué se publica y qué se vende, pero tampoco nos asegura nada: una tendencia puede agotarse antes de que la novela esté terminada, y escribir dentro de un género popular tampoco asegura destacar entre todos los títulos que compiten por ese público. Andrea Izquierdo contó que seguía queriendo escribir una historia cuyos elementos le habían recomendado evitar porque, supuestamente, no estaban de moda. Ella quería escribirla igualmente. Y menos mal: sería bastante triste descartar una historia que te apetece contar porque ahora mismo no encaja en las listas de lo más vendido.
Seguimos encontrando libros fuera de las redes. En el foro se insistió en que su influencia depende del público, de sus hábitos y del tipo de libro. En literatura infantil, por ejemplo, entran en juego las familias, las bibliotecas, las escuelas y las librerías. Tampoco llega a una mesa de novedades con las mismas referencias quien lee todas las semanas que quien busca un par de novelas para las vacaciones.
A eso se añade la confianza en los sellos editoriales. Hay lectores que se acercan a un autor desconocido porque lo publica una editorial cuyo catálogo les interesa. Si has disfrutado de varios de sus libros y te gusta cómo los editan, es más fácil que te animes con otro aunque no conozcas a quien lo firma. Para quien busca editorial, una de las propuestas de la sesión fue precisamente mirar los catálogos y reconocer dónde podría encajar su obra.
La conversación abordó también la autoedición. Permite sacar adelante proyectos y tomar decisiones propias, aunque exige asumir o contratar tareas que una editorial puede coordinar. Puedes decidir por tu cuenta, pero también te toca ocuparte de la edición, el diseño, la distribución y la promoción, o pagar a profesionales que lo hagan. Es bastante más trabajo que subir un archivo a una plataforma.
Con tantas recomendaciones, elegir tampoco es siempre más fácil. Las recomendaciones se han diversificado: hay cuentas especializadas en cómic, adaptaciones, géneros concretos o noticias editoriales. Es más fácil encontrar a alguien con quien compartir una afición muy específica. Y da gusto terminar un libro y tener con quién comentar ese final, sobre todo si en tu entorno nadie lo ha leído.
Sin embargo, la comunidad también puede generar la impresión de que hay que leer determinado libro para no quedarse fuera de la conversación (maldito FOMO). Entre novedades, retos y listas de pendientes, una afición corre el riesgo de adquirir un aire de tarea atrasada. A eso se suma el atractivo del libro como objeto: cantos pintados, ediciones especiales y productos relacionados con sus universos.
Disfrutar de una edición bonita no invalida ninguna lectura. A veces queremos leer una novela; otras, tener esa edición preciosa; y otras, enterarnos de qué está hablando todo el mundo. Pueden apetecernos las tres cosas a la vez. Y recordar que ver continuamente los mismos títulos en nuestra pantalla no significa que representen todo lo que se está publicando o leyendo.
Con la inteligencia artificial, los participantes no estuvieron de acuerdo en todo. Se defendió su posible uso como apoyo en determinadas tareas técnicas, con supervisión humana, y se subrayó la importancia de preservar la intervención profesional en escritura, traducción, diseño y corrección. También se propuso recurrir a herramientas generativas para algunas necesidades de la autoedición, incluidas las cubiertas, mientras que otra intervención rechazó su uso para sustituir esas labores.
Lo cuento porque resumir esta parte como si todos hubieran defendido lo mismo sería falsear la conversación. La expresión «usar la IA como herramienta» es demasiado amplia para explicar por sí sola una práctica. Hay que concretar para qué se utiliza, qué trabajo está realizando y quién revisa el resultado. La sesión recogió además preocupaciones sobre los materiales de entrenamiento, los derechos de autor y los límites que algunos autores quieren establecer en sus contratos. Son cuestiones que afectan tanto al texto como a su presentación y promoción.
A mí, como a Andrea, me gusta hablar de libros en redes, recomendarlos (utilizo las historias de IG y alguna plataforma más) y descubrir lo que están leyendo otras personas. Lo que me cuesta más es esa sensación de llegar tarde: al libro del que todos hablan, a la novedad que ya parece antigua, al post que debería haber escrito. Bastantes plazos tenemos quienes trabajamos con libros como para acabar poniéndoselos también a las lecturas por placer. Pero, en fin, parece que últimamente vivimos con (demasiadas) prisas.
¿Y vosotros? ¿Recordáis el último libro que elegisteis sin haberlo visto antes en redes? ¿Cómo llegó a vuestras manos?
Siempre he sido de las que ven el vaso medio lleno, tanto en lo personal como en lo profesional. Aunque vivimos una época complicada, intento pensar en positivo. Que no siempre es fácil, ¿eh? Pero sí creo en el poder de las pequeñas cosas.
Muy al hilo de esto, el otro día leí un precioso artículo de Palmira Feixas, que os dejo aquí, en el que habla de las pequeñas alegrías de la traducción literaria. Me lo leí —¡me lo bebí!— asintiendo enérgicamente con la cabeza como si estuviera en un concierto de heavy.
Y es que comparto muchos puntos con la autora: la alegría de zambullirte en una historia que te parece brillantísima o entretenidísima; desahogarte a base de sushi con otros compañeros de fatigas; recibir los elogios de una compañera traductora o editora por la traducción que acabas de entregar; ver tu nombre en la cubierta en un libro especialmente exigente, entre muchos otros.
Esas pequeñas alegrías, al final, son las que nos sostienen. Y eso no quita que aún quede mucho por reivindicar y por luchar: tarifas que nos permitan vivir bien (y sin tener que compaginar), transparencia en los contratos, mejores condiciones… Obviamente, queda trecho. Pero no perdamos de vista lo bonito. Nunca.
A mí siempre me hace mucha ilusión entrar en una librería y encontrar algún libro de los que he traducido, ahí puestecito en una mesa. Cogerlo. Mirar la cubierta. Abrirlo por cualquier página y reconocer esas decisiones tan pensadas que ahora parecen la mar naturales.
Pero, sobre todo, y después de las horas de tecleo puro y duro, de ajustar ritmos, de probar opciones, de leer en voz alta para ver si la frase respira bien…, saber que ese texto llega a quien tiene que llegar. Y recibir mensajes del tipo «¿Ya ha salido el último? Iremos a buscarlo 😉», «¡a mi hija le encanta esta colección!» e incluso «¿cuándo sale el siguiente?».
Y ahí es donde todo encaja. Ahí la traducción deja de ser proceso y se convierte en una experiencia real: en una niña esperando el siguiente libro de la serie; en una historia que ha cruzado de lengua y ahora forma parte de su mundo. Que sí, vale, el brilli-brilli de la cubierta ayuda, pero ya me entendéis.
En medio de tanto debate sobre IA, precariedad y futuro del sector, yo me agarro a esto. A estas pequeñas cosas. A saber que hay niños leyendo algo que ha pasado por mis manos.
Esta es una de mis pequeñas grandes alegrías. ¿Cuáles son las vuestras?
Estos días está circulando mucho la noticia de que algunas editoriales de novela romántica, como Harlequin, están recurriendo a la IA para traducir sus libros. Y, casi automáticamente, el debate desemboca en una conclusión muy cómoda: si se puede automatizar, será porque esa traducción no era especialmente exigente.
El problema es que esa idea no se sostiene. Quien haya trabajado traduciendo romance sabe que no es un género «facilón». Esto también lo saben bien los y las alumnas de mi curso de traducción romántica y erótica de AulaSIC. Las convenciones textuales no son moco de pavo, igual que las estrategias para describir escenas subidas de tono, la idiosincrasia de los personajes, etc. Es un género muy connotado y con variaciones de tono que puede ser pautado en ocasiones (con guías estilísticas concretas y normas distintas según colección) y con una adaptación constante al mercado de llegada. Que pueda estar más o menos estandarizado no lo vuelve simple; lo vuelve técnico. Y exigente, sí.
La decisión de implantar IA no tiene que ver con que «ya no haga falta» un traductor humano. Tiene que ver con el volumen. Cuando publicas cientos o miles de títulos al año, cualquier ahorro por página se convierte en una cifra enorme, obvio. Es una lógica puramente industrial, no una evaluación de la calidad literaria. Porque no toda la romántica es igual, como no lo es toda la negra o toda la juvenil, ya puestos.
Pero he aquí la cuestión que se está pasando por alto: la IA no quiere sustituir calidad (porque no puede), sustituye al profesional cuando el modelo de negocio prioriza velocidad y margen.
Además, oponer «traducción comercial» a «traducción literaria de prestigio» es una trampa peligrosa. Como si solo hubiera decisiones complejas cuando se traduce a Kundera o a Houellebecq. El romance, la literatura infantil, el juvenil o el bestseller comercial (lo que muchos tachan con sorna de «novelitas de aeropuerto») también exigen oído, criterio, coherencia de voz y un conocimiento muy fino de lo que espera su público. La diferencia es que a esos géneros se les ha exigido siempre mucho… y se les ha reconocido poco. Pero…, ay, es que muchos de estos libros están escritos por y para mujeres (y este es un melón que abriremos en otro momento).
La traducción humana no desaparece porque sea mediocre. Desaparece cuando se considera prescindible. Y aun así, hay que decirlo claro: cuando un texto tiene que conectar de verdad con un público específico, cuando importa el tono, la intención y la experiencia de lectura, la IA sola no basta. Al menos, no hoy.
Y, por desgracia, la pregunta no es si la IA va a usarse. Eso ya está ocurriendo. La pregunta es qué tipo de libros y qué tipo de industria queremos. Porque automatizar no es lo mismo que cuidar, del mismo modo que leer no es solo entender palabras.
Hace unos días la escritora Ruth Ware publicó un hilo maravilloso explicando por qué incluso los libros publicados por grandes editoriales —con equipos enteros detrás— pueden contener errores. Y yo, como traductora editorial, y desde mi parcelita, solo podía asentir. Porque aunque desde fuera pueda parecer que un libro pasa por un túnel de lavado mágico donde sale brillante e impecable…, la realidad es mucho más artesanal, humana y, por tanto, algo más caótica.
Aquí va el hilo de Ware aderezado con mi perspectiva desde la traducción.
1. La edición estructural: mover piezas grandes y cruzar los dedos
Ware explica que las primeras rondas de edición se centran en la trama, el ritmo, la coherencia… Y como traductora lo confirmo: cuando recibo un manuscrito, ya ha pasado por estas fases, pero eso no significa que esté «cerrado». A veces aún hay cambios, capítulos reordenados a última hora, frases que desaparecen misteriosamente… y claro, si una pieza se mueve, las demás pueden chirriar. El dominó editorial es muy real y no es infrecuente trabajar con versiones iniciales y hasta de tipo borrador.
2. El copyediting: donde se arregla… y a veces se estropea
Ella comenta que el copy editor corrige estilo y ortografía, pero a veces se introducen otros errores. Aquí, como traductora, añado:
Si hay varias versiones del manuscrito en circulación, puedes estar trabajando con la penúltima sin saber que existe una «definitiva de verdad de la buena que ahora va en serio».
Cuando el autor revierte un cambio (stet) pero no ajusta lo que rodea ese cambio, nacen palabros maravillosos como el hilairiously del que habla. En nuestro caso, cuando recibimos los cambios propuestos en nuestra traducción, es bastante común que al cambiar algo, se haya dejado alguna palabra (preposición, artículo, etc.) colgando.
3. La maquetación: cuando Word decide que hoy no
Ware menciona que en la maquetación se pueden introducir caracteres fantasma, formatos extraños o signos rarísimos. Por mi parte, he visto espacios invisibles que rompen una línea entera, guiones o comillas que desaparecen… Y por supuesto, la maquetación también afecta a las traducciones: una palabra más larga en castellano puede mover un párrafo entero, crear viudas y huérfanas o colapsar un diálogo.
4. Las pruebas finales: el último baile (sin margen para respirar)
El proof editor revisa la versión maquetada. Y aquí quienes traducimos también volvemos a participar: revisamos galeradas para detectar erratas propias, inconsistencias o errores que nacieron en fases anteriores.
Sin embargo, es la etapa más peligrosa porque hay muy poco tiempo, cualquier cambio puede romper el formato… y ya casi nadie más va a revisar después. En definitiva, es como intentar arreglar el maquillaje del actor mientras está saliendo al escenario.
5. Las primeras ediciones siempre tienen más errores (y no es un fallo: es estadística pura)
Esto lo dice Ware y lo reafirmo. La mayoría de los lectores solo ven la versión corregida cuando el libro llega a bolsillo o a la tienda de ebooks. Pero quienes devoran un lanzamiento el primer día se pueden encontrar todos los gazapillos.
Y entonces es cuando (a Ware le) llegan los mensajes: «Hola, he visto una errata» y ella lo agradece, siempre que se avise con cariño y no con un «vaya chapuza de edición», porque detrás de un libro hay una cadena de personas, no máquinas.
6. Y ojo: no todo lo que parece un error lo es
Ware lo explica muy bien y en traducción lo vemos igual. Que puede haber erratas, sí, ya lo hemos dicho, pero es que algunos errores no lo son. Pueden ser rasgos regionales, puede haber vocabulario poco común, quizá son decisiones estilísticas del autor y hasta errores conscientes y deliberados que caracterizan a un personaje o su forma de hablar.
Y, en estos casos, el reto de esta traductora está en mantener todo esto sin que parezca una errata de verdad. A veces traducimos errores adrede. Y no, no es fácil. No hay nada más divertido que ir justificando por qué esa palabra mal escrita tiene que quedarse así.
En definitiva…
El proceso editorial es un trabajo en cadena —multietapa, multipersona y multiprograma—, cuyos eslabones no siempre encajan a la perfección por muchos motivos. Es colaborativo, complejo y, sobre todo, humano. La gran mayoría de las veces los errores no son señal de dejadez: son la consecuencia inevitable de un proceso vivo.
Como traductora, agradezco muchísimo los hilos como el de Ware y otros escritores porque ayudan a que los lectores entiendan por qué un libro perfecto es prácticamente imposible… y por qué seguimos dejándonos la piel para que cada edición esté un poquito mejor que la anterior. Porque a todos nos interesa que el libro nos salga redondito. Palabra.
Las frases hechas no viajan bien entre mundos… y ahí empieza el reto del traductor (humano).
En la novela en la que trabajo ahora, los protagonistas habitan un universo distinto al nuestro, donde muchos animales de la Tierra —como perros o ranas— sencillamente no existen. Esto condiciona las decisiones traductológicas: expresiones tan comunes en castellano como «no es moco de pavo» pierden sentido. Lo mismo ocurre con referencias religiosas como «no es santo de mi devoción» o coloquialismos del tipo «donde Cristo perdió el gorro», que en un mundo sin santos, sin Cristo y sin tradición católica carecen de coherencia.
Y no solo pasa con expresiones y frases hechas del estilo, también sucede con medidas y tiempo. Si ese mundo no se rige por relojes —como es el caso que me ocupa—, no podemos hablar de segundos ni minutos; habrá que medir de otra manera, quizá en latidos, pasos o ciclos naturales propios de ese universo.
¿Cómo mantenemos la expresividad de la lengua de llegada sin traicionar la coherencia interna del universo ficticio? Pues la respuesta pasa por la traducción más creativa y humana: encontrar equivalentes que transmitan el mismo efecto al lector, pero que respeten la lógica del mundo narrativo.
Este tipo de decisiones demuestran por qué la traducción literaria (y la no literaria también, ¿eh?) requiere criterio y sensibilidad profesional. Una IA ofrece equivalencias literales, pero no va a evaluar si ese animal existe en la diégesis de la obra o si esa referencia cultural, religiosa o temporal es verosímil en ese universo. Porque no piensa. Esa negociación entre fidelidad y coherencia sigue siendo terreno humano.
¿Qué otras expresiones crees tú que no sobrevivirían en un universo inventado? ¡Te leo!
Los traductores nos movemos constantemente entre dos extremos: por un lado, el respeto al texto original; por otro, la búsqueda de una expresión natural en la lengua de llegada. Y en ese vaivén, a veces nos inclinamos tanto hacia uno de los lados que perdemos de vista lo esencial: la durabilidad, la coherencia, la voz.
En los últimos años, hablamos mucho (y con razón) de la importancia de alejarse de traducciones excesivamente literales, esas que suenan forzadas, antinaturales, cogidas por pinzas, vaya. Sin embargo, en ese afán por sonar «naturales», corremos el riesgo contrario: el de fechar las traducciones, anclarlas en un momento concreto del tiempo al utilizar expresiones demasiado propias de una moda, una generación o una jerga puntual.
Pensemos en palabras como «bro», «PEC» o expresiones como «servir c*ñ*», «F en el chat», «estar alguien en su prime», etc. Tienen fuerza, ritmo, personalidad…, pero también fecha de caducidad. Puede que funcionen de maravilla hoy, pero ¿cómo envejecerán dentro de cinco años? ¿Seguirán siendo comprensibles? ¿O parecerán artefactos de otra era, como los «guay del Paraguay» de los noventa?
Traducir es trasladar palabras, claro, pero sobre todo consiste en decidir qué tono queremos dar, cuánto queremos que pese la actualidad y cuánto queremos que perdure la historia. No se trata de eliminar lo coloquial ni de neutralizar la voz de los personajes, sino de preguntarnos a quién estamos hablando hoy… y a quién le hablaremos mañana.
Este equilibrio no es fácil y no siempre hay respuestas claras, porque, obviamente (se viene frasecita manida) depende del contexto. A veces, una expresión muy del momento es justo lo que necesita un personaje para cobrar vida (hace poco en una novela encontraba, literal, una expresión donde encajaba de mil amores lo del «ir a servir»). Otras, es mejor apostar por una naturalidad menos marcada, más atemporal, que permita que el texto respire con libertad dentro de unos años.
Como traductores, no podemos prever el futuro, pero sí podemos ser conscientes de las elecciones que hacemos. Y sobre todo, podemos defender que una traducción con personalidad no tiene por qué sonar forzada ni tampoco quedar atrapada en una moda pasajera.
Al final, se trata de eso: encontrar la voz, el tono y el ritmo que hagan justicia al original y que, al mismo tiempo, conecten con los lectores… de hoy y de mañana.
***
P. D.: Si hay algo de la imagen que no te suena, te dejo por aquí un minidiccionario: https://lnkd.in/dJndjb-H
El pasado martes 20 asistí a una mesa redonda dedicada a dos grandes figuras de nuestras letras: Ana María Matute y Carmen Martín Gaite, en el centenario de su nacimiento. El encuentro, celebrado en el Ateneu Barcelonès, reunió a Pilar Aymerich, María Paz Ortuño, Marta Pessarrodona y Lisbeth Salas, con la moderación de Àngels Gregori. Juntas repasaron la importancia de estas autoras en la literatura del siglo XX y el impacto que siguen teniendo en las escritoras de hoy.
En la foto, de izquierda a derecha: Lluïsa Julià e Isona Passola, vicepresidenta y presidenta del Ateneu; Àngels Gregori, moderadora de la mesa; María J. Gálvez, directora de la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura; y las ponentes Marta Pessarrodona, Pilar Aymerich, Lisbeth Salas y Mari Paz Ortuño. Foto de Jordi Play
Marta Pessarrodona, poeta y crítica literaria, nos habló del vínculo que la unía a Carmen Martín Gaite y leyó una carta que envió a su hermana tras el fallecimiento de Martín Gaite, además de un artículo que escribió en su honor.
María Paz Ortuño, comisaria de una exposición que hasta enero se pudo ver en Madrid y pronto llegará a Barcelona, contó que Matute empezó a escribir desde muy pequeña (se conserva incluso un cuento ilustrado que escribió a los 5 años) y, siempre decidida, se presentó directamente a Destino con su primera novela bajo el brazo. A pesar de las reticencias iniciales, consiguió que el editor se la leyera… y acabó ganando el Planeta.
Ambas se hicieron muy muy amigas. Paz la acompañó en varios viajes hacia el final de su vida y atesora frases de su colega (y vecina) como «quien no inventa no vive» y «la literatura ha sido el faro salvador de mis tormentas». Matute, contaba Paz, se hacía también sus propios muebles y, ante las dificultades, siempre decía que «para todo hay que tener las herramientas adecuadas».
Las fotógrafas Pilar Aymerich y Lisbeth Salas agasajaron al público con una serie de fotografías no solo de ambas autoras, sino también de sus hogares y objetos (Salas) y del contexto político y social de la época (Aymerich).
El hilo conductor de la mesa fue que Ana María Matute y Carmen Martín Gaite, figuras clave de la literatura española del siglo XX, comparten mucho más que el año de su nacimiento, 1925. Ambas destacaron por dar voz a la infancia, las mujeres y los márgenes en una posguerra marcada por el silencio. Matute, con su lenguaje poético y simbólico, y Martín Gaite, con su aguda mirada sobre las relaciones humanas y la introspección, exploraron temas de soledad, memoria y resistencia.
Ambas sufrieron mucho en vida. Carmen Martín Gaite perdió a su hijo de siete meses por una meningitis y a su hija Marta —filóloga y traductora— por el sida. Matute perdió la custodia de su hijo durante tres años tras el divorcio de su marido y pasó por una profunda depresión. La literatura, coincidieron ayer varias ponentes, salvó a las dos a través de la imaginación.
Y lo que quedó muy claro durante y después de la mesa es que ambas fueron pioneras en un mundo literario dominado por hombres y abrieron camino para generaciones posteriores de escritoras, convirtiéndose así en referentes ineludibles de nuestras letras.
Por mi parte, disfruté como una enana, no solo por escuchar a semejantes personalidades del mundo cultural, sino también por poder representar a ASETRAD en un acto así. Además, tuve la ocasión de charlar un ratito con María José Gálvez sobre las inquietudes que, como sector, nos asaltan con la inteligencia artificial generativa y la pérdida de derechos como autoras y autores. A modo de resumen, se están haciendo muchas cosas y es una preocupación compartida, pero hay que seguir trabajando en propuestas efectivas que se puedan llevar al terreno práctico.
Ojalá así sea y, parafraseando el título de la mesa redonda, no se le corten las alas ni a la imaginación ni a la libertad.
Traducir diálogos es todo un arte. Cuando un personaje abre la boca, no solo está transmitiendo información, también nos está contando quién es, de dónde viene y cómo ve el mundo. Sin embargo, ¿qué pasa cuando los lectores sienten que el tono del diálogo no encaja?
Hace un tiempo leí un comentario en Threads sobre una traducción en la que el vocabulario usado parecía infantil para la edad de los personajes (en concreto, se quejaban de expresiones como «¡yupi!», entre muchas otras).
Los mundos de Yupi fue una serie de televisión infantil emitida en España por La 1 de Televisión Española en los años 80 y 90.
Este tipo de críticas puede ser frustrante (obvio), pero también nos invita a reflexionar sobre nuestro trabajo como traductores. ¿Qué podemos hacer para dar con la voz de los personajes?
✒️ 𝗘𝘀𝘁𝘂𝗱𝗶𝗮 𝗲𝗹 𝗼𝗿𝗶𝗴𝗶𝗻𝗮𝗹 𝗮 𝗳𝗼𝗻𝗱𝗼 Antes de decidir cómo hablarán los personajes en la lengua meta, lee a fondo [escucha] cómo lo hacen en el texto original. ¿Usan jerga, expresiones modernas o un tono más formal? Identificar estas características es lo primero para traducir su personalidad con precisión.
✒️ 𝗖𝗼𝗻𝗼𝗰𝗲 𝗮 𝗹𝗼𝘀 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝗷𝗲𝘀 No es lo mismo traducir a un adolescente rebelde que a un adulto más serio y profesional, por ejemplo. La edad, el entorno y la experiencia vital influyen en el lenguaje. Una adolescente puede usar unas expresiones que parecen artificiales en boca de un adulto.
✒️ 𝗔𝗱𝗮𝗽𝘁𝗮 𝘀𝗶𝗻 𝗽𝗲𝗿𝗱𝗲𝗿 𝗻𝗮𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 Algunas expresiones no funcionan al traducirlas literalmente (pasa muchas veces). Expresiones como «yupi» pueden ser infantiles en castellano, aunque su equivalente en el idioma original tenga otro matiz. Busca alternativas más acordes al contexto y al registro lingüístico.
✒️ 𝗖𝗼𝗻𝘀𝘂𝗹𝘁𝗮 𝘆 𝗿𝗲𝘃𝗶𝘀𝗮 Pide la opinión de otros traductores o lectores beta. Lo que a ti te parece natural puede sonar forzado a otros. Este paso es muy útil para mantener la coherencia cultural y lingüística.
✒️ 𝗡𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗴𝗮𝘀 𝗺𝗶𝗲𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗮𝗰𝘁𝘂𝗮𝗹𝗶𝘇𝗮𝗿𝘁𝗲 La lengua está viva y eso se refleja en el habla de los personajes. Un lector actual espera encontrar diálogos que le suenen contemporáneos, aunque 𝘴𝘪𝘯 𝘤𝘢𝘦𝘳 𝘦𝘯 𝘮𝘰𝘥𝘪𝘴𝘮𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘯𝘷𝘦𝘫𝘦𝘻𝘤𝘢𝘯 rápido. Encuentra un equilibrio. (Sí, lo sé, es más fácil decirlo que hacerlo).
✒️ 𝗣𝗿𝗶𝗼𝗿𝗶𝘇𝗮 𝗲𝗹 𝗹𝗲𝗰𝘁𝗼𝗿 𝗺𝗲𝘁𝗮 Esto es elemental. Si estás traduciendo para jóvenes adultos, el tono debe conectar con ellos. Si el público es más amplio, plantéate qué registro puede ser más general sin sacrificar la esencia del personaje.
El vocabulario y el tono en los diálogos son la esencia de los personajes. Traducirlos fielmente implica ser un puente (ya, referencia manida), no solo entre lenguas, sino también generaciones. La cosa está en escuchar al personaje y hacer que su voz se mantenga intacta.
¿Y tú qué estrategias usas para encontrar el tono perfecto en los diálogos?
El mundo de la traducción puede parecer algo lejano para los niños, pero hace poco tuve la oportunidad de acercarles el oficio durante una charla en una escuela de primaria. Lo que comenzó como una invitación para hablar sobre mi trabajo a raíz de una traducción mía que les había entusiasmado (Hi ha un ieti al pati, Pamela Butchart, Bindi Books) se convirtió en una experiencia inolvidable llena de curiosidad, risas y momentos entrañables.
Preparando el viaje hacia las palabras
Cuando me pidieron que hablara sobre la traducción, pensé: «¿Cómo captar la atención de los niños y transmitirles lo bonito que es este mundo?». La clave estaba en hacerlo interactivo y divertido. Preparé ejemplos de libros (que también llevé conmigo), juegos con palabras de otros idiomas, y decidí obsequiarles con marcapáginas y pegatinas variadas para sorprenderlos.
Ellos me sorprendieron a mí con varias traducciones que habían pedido para la ocasión.
Sabía de antemano que había expectación por el tipo de trabajo y por cómo había empezado a traducir, así que no podía faltar una introducción con toda esa información: que de niña me encantaba leer y que mi amor por los idiomas, en concreto el inglés, despertó en cuanto me apuntaron a una academia, que terminé de decidirme al estudiar latín en el instituto y ver que este trabajo era como descifrar códigos secretos, etc.
El día de la charla: historias y descubrimientos
Desde el momento en que entré en el aula, los pequeños mostraron un entusiasmo desbordante. Empecé la charla preguntándoles si sabían que muchos libros, películas y videojuegos no estaban creados originalmente en español. Y no solo eso: que la traducción nos rodea y es imprescindible en muchos ámbitos, como el médico.
Les conté que los traductores somos puentes entre culturas y que nuestro trabajo no solo consiste en cambiar palabras, sino en transmitir emociones e ideas. Porque no siempre funciona traducir lo de palabra por palabra: les puse como ejemplo un «The house is big», que sí que funciona literal, y algunas expresiones que no: «It’s raining cats and dogs» o «It’s a piece of cake».
Les conté anécdotas divertidas sobre títulos difíciles de traducir y cómo a veces tenemos que inventar rimas o adaptar bromas para que todo tenga sentido en otro idioma (les enseñé a modo de ejemplo el original y la traducción de un libro de R.L. Stine de La Pandilla Basura: Welcome to Smellville y Bienvenidos a Villapeste). Este punto en concreto lo ilustré también tomando como ejemplo algunos nombres de personajes y de títulos inventados dentro de un álbum de magia, que ya os enseñé por aquí hace un tiempo.
También les comenté que un libro, como tal, puede cambiar mucho de la edición original a la traducida, y que intervienen muchos otros profesionales, como el corrector, el ilustrador, el diseñador de cubierta, etc.
Juegos y creatividad sin límites
La parte más divertida fue cuando jugamos a traducir juntos. Les propuse frases curiosas en inglés para que las tradujeran al español y al catalán, y me sorprendió su creatividad y sentido del humor. Les fascinó descubrir que las palabras también pueden tener historias únicas y que no hay una sola traducción.
Un final inesperado: autógrafos y entrevista
Al final de la charla, les regalé los marcapáginas y las pegatinas sobre el mundo de la lectura y de la traducción. Lo que no esperaba era que me pidieran firmar sus libros como si fuera una autora famosa. Fue un momento para no olvidar. Ver su entusiasmo y saber que mi charla despertó su curiosidad fue la mejor recompensa.
Poco después me esperaba una entrevista en el programa de radio de la escuela (sí, sí, tienen su pequeño estudio en la zona de la biblioteca), donde me preguntaron cosas la mar de interesantes, como qué editorial me trataba mejor, algo que me sorprendió muchísimo porque no es algo que se pregunte a menudo.
Sembrando la semilla de la traducción
Esta experiencia me recordó la importancia de acercar nuestra profesión a los más jóvenes. Enseñarles que los traductores estamos detrás de muchas de las cosas que disfrutan a diario puede inspirarlos a explorar otros idiomas y culturas en el futuro.
Volví a casa con una sonrisa imborrable, recordando sus preguntas, su creatividad y la ilusión con la que abrazaron el mundo de la traducción, aunque solo fuera durante un día. Puede, incluso, que alguno de ellos sea traductora o traductor en el futuro.
¿Y tú? Si tienes la oportunidad de compartir tu profesión con los más pequeños, no lo dudes. Les estarás abriendo las puertas a nuevas posibilidades y, quién sabe, quizá siembres en ellos una pasión que les dure toda la vida. 🌍✨