SEO local para traductores: mejora tu visibilidad

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Hoy le cedo la palabra a Elena Fernández, directora de Trágora, que basándose en su experiencia posicionando su empresa de traducción en los resultados locales de su ciudad, quiere explicarte cómo los traductores autónomos podemos hacer lo mismo para mejorar la captación de clientes directos. Y spoiler: es gratis.

Os dejo con ella.

Los traductores trabajamos desde casa, enviamos los encargos por correo electrónico, colaboramos con una empresa en Hamburgo desde un piso en Albacete y, en la mayoría de los casos, jamás nos vemos con el cliente. Esta realidad ha consolidado una idea bastante extendida en el sector, según la cual el mercado en el que operamos no tiene fronteras y, por tanto, la ubicación geográfica de nuestro negocio carece de relevancia estratégica.

Para la captación de clientes directos, sin embargo, es necesario que cambiemos de mentalidad. Hay una parte importante de ese mercado (despachos de abogados, agencias de marketing, empresas de ingeniería, pymes exportadoras, etc.) para los que la cercanía funciona como señal de confianza. Es por ello que muchos traductores nos aventuramos a visitar los negocios locales que pueden requerir nuestros servicios para dejar nuestra tarjeta de presentación.

Pero, ¿y si hubiera una forma más estratégica de llegar a ellos?

Imagina que un despacho de abogados de Bilbao necesita legalizar unos documentos, busca en Google «traductor jurado» y tú apareces en las primeras posiciones. ¡Nos hemos ahorrado una visita y tenemos un nuevo mensaje en nuestra bandeja de entrada!

¿Y cómo conseguimos esto? Con una estrategia de posicionamiento local en buscadores. Así que voy a explicarte qué es el SEO local y qué medidas están al alcance de cualquier traductor o intérprete para mejorar su visibilidad en las búsquedas geolocalizadas.

Qué es el SEO local y por qué te importa

Para ponernos en contexto, SEM (Search Engine Marketing) es el término paraguas que engloba todo el marketing en buscadores que tiene como objetivo conseguir las primeras posiciones en los resultados de búsqueda (SERP, Search Engine Results Page).

Hay tres formas tradicionales de hacer SEM:

  • Mediante SEA (Search Engine Ads), que consiste en pagar por aparecer en los resultados patrocinados.
  • Mediante SEO (Search Engine Optimization), que consiste en optimizar un sitio web para conseguir los primeros puestos orgánicos.
  • Mediante SMO (Social Media Optimization), que consiste en mejorar la visibilidad de un sitio web en las redes sociales.

Ambas requieren una inversión considerable para llegar a buen puerto, tanto de tiempo como de dinero. Sin embargo, dentro del SEO encontramos una variante, el SEO Local, que consiste en crear un perfil de negocio en Google y optimizarlo para aparecer en el Local Pack (mapa de resultados locales). A este tipo de búsquedas se le denomina búsquedas geolocalizadas, y Google cada vez las premia más y les otorga una posición incluso por encima de los resultados orgánicos.

Cuando alguien escribe «traductores profesionales» desde Alicante (no tiene ni siquiera que poner el nombre de la ciudad en el buscador), Google asume que busca un proveedor cercano y muestra el mapa de resultados locales en los primeros resultados, porque lo considera una búsqueda transaccional o comercial.

Justo debajo del Local Pack aparece de forma estratégica la llamada a la acción «Más empresas» que despliega todos los perfiles optimizados para esa intención de búsqueda y, aunque no lo creas, la mayoría de los usuarios hace clic ahí en vez de seguir bajando por la confianza generada en la cercanía.

Con esto quiero recalcar que no hay que obsesionarse con salir en una de esas tres primeras posiciones (aunque es totalmente posible), sino en contar con esta herramienta como fuente de captación de clientes locales.

El algoritmo que determina qué perfiles de negocio aparecen los primeros ante una búsqueda determinada responde a tres factores:

  • Proximidad: la distancia física entre el negocio y el punto desde el que se realiza la consulta.
  • Relevancia: en qué medida la información del perfil en Google Business Profile (GBP) está optimizado y relacionado con la intención de búsqueda.
  • Prominencia: la reputación del negocio en el entorno digital (reseñas, menciones, enlaces).

Para los traductores autónomos, competir en el Local Pack es bastante más asequible que competir en posicionamiento orgánico, donde las agencias nos llevan años de ventaja con webs de mucha más autoridad para Google que la nuestra.

El primer paso es crear tu perfil de negocio en Google Business Profile. Es totalmente gratuito, así que ya estás tardando si no tienes uno.

A continuación, encontrarás varios consejos para optimizar tu perfil de negocio en función de los tres factores que acabo de mencionar, tomando como ejemplo el perfil de un traductor jurado.

La proximidad

Si un usuario busca en Google desde la zona sur de una ciudad, el algoritmo devuelve los tres resultados que considera más relevantes y son diferentes a los que saldrían si lo busca desde la zona norte.

Para valorar la proximidad, el algoritmo tiene en cuenta la ubicación que asignas a tu negocio en el perfil de GBP. Este punto plantea una cuestión que preocupa a la mayoría de traductores autónomos, la de si publicar la dirección de casa.

Bien, que no panda el cúnico. Google Business Profile permite ocultar la dirección física y configurar en su lugar un área de servicio (por ciudad, provincia o comunidad autónoma), lo que resulta adecuado si atendemos a los clientes de forma remota.

Al hacer esto, es imprescindible rellenar la dirección física del negocio (si es tu casa, tu casa) y no dejar ese campo sin rellenar, porque eso reduce la capacidad del algoritmo para asociarnos con búsquedas de nuestra zona.

La relevancia

La relevancia se otorga principalmente en función de la categoría principal de tu perfil de Google. Este es uno de los campos con mayor peso en el posicionamiento. Google dispone de categorías específicas como «Servicio de traducción» o «Intérprete». Las categorías secundarias permiten matizar la actividad, pero conviene no dispersarse.

La descripción del negocio admite hasta 750 caracteres y es un espacio que muchos traductores dejan en blanco o rellenan con frases genéricas; tiene mucho más sentido usarlo para explicar qué servicios ofrecemos, en qué combinaciones de idiomas trabajamos y a qué tipo de cliente nos dirigimos, incorporando de forma natural los términos que ese cliente escribiría en Google.

Por ejemplo: «Traductora jurada inglés-español en Murcia, especializada en documentos notariales, académicos y contratos» comunica lo esencial en una sola frase.

El apartado de servicios permite detallar cada servicio con su nombre completo («traducción jurada de títulos universitarios», «traducción jurada de antecedentes penales»). Google indexa ese contenido para determinar para qué búsquedas somos relevantes, y rellenarlo con precisión es una de las acciones con mejor relación esfuerzo-resultado de toda la estrategia.

Las directrices de Google indican que el nombre del negocio debe coincidir con el nombre real del negocio, sin añadir palabras clave, y que hacerlo puede derivar en suspensiones del perfil. Sin embargo, quien busca «traductor jurado» en cualquier ciudad española comprueba enseguida que los perfiles de autónomos que aparecen en el Local Pack usan sistemáticamente el formato «Nombre Apellidos – Traductor Jurado [Ciudad]». El caso es que Google aplica esa norma con mucha menos rigidez a los profesionales autónomos que a las empresas, y en la práctica ese formato funciona y está generalizado en el sector. Vale la pena conocer la norma, pero también conocer cómo se comporta el mercado real.

Las preguntas y respuestas del perfil son un campo que casi nadie trabaja. El propio traductor puede añadir preguntas frecuentes («¿Cuánto tarda una traducción jurada en Murcia?») y responderlas, lo que introduce términos adicionales de forma legítima.

Las fotografías también influyen, aunque menos de lo que se suele suponer, en la tasa de clics; un perfil con imágenes actualizadas genera más interacción que uno vacío. Es el momento de hacernos unas buenas fotos para nuestro perfil mostrando nuestro rostro para aumentar esa confianza, incluir imágenes de nuestras tarjetas de visita o material promocional, etc.

El perfil en GBP incluye un campo para enlazar el sitio web del negocio, pero no todos los traductores tienen una web. En estos casos, herramientas como Wix permiten crear una página sencilla sin conocimientos técnicos y un dominio profesional tiene un coste muy económico comparado con lo que te ofrece a cambio. Lo importante es que la web esté orientada a la misma intención de búsqueda y contenga esas palabras clave de las que estamos hablando.

Llegados a este punto, resulta imprescindible mencionar el acrónimo NAP, del inglés Name, Address, Phone. Google cruza los datos de tu perfil en GBP con los que aparecen en tu web y en otros directorios. Cuando hay coherencia, el algoritmo interpreta que el negocio es fiable. Las discrepancias, una dirección con abreviaturas distintas en cada sitio, un teléfono antiguo en un directorio que no has actualizado, debilitan esa señal.

Finalmente, crear contenido vinculado a la localidad es una estrategia que muy pocos traductores siguen y que puede marcar una diferencia notable en mercados con competencia moderada. Se trata de utilizar las publicaciones de nuestro perfil de Google (sí, también las tiene) compartiendo información que conecte nuestros servicios con necesidades específicas de la zona donde trabajamos.

Una traductora literaria en Salamanca puede escribir sobre cómo funciona el proceso de traducción de una novela y qué editoriales de la región publican literatura traducida. Una traductora jurada en Málaga puede publicar una guía sobre qué documentos necesitan los ciudadanos extranjeros que se jubilan en la Costa del Sol para gestionar su residencia. Un intérprete de conferencias en Madrid puede escribir sobre las particularidades de los foros internacionales que se celebran regularmente en la capital.

La prominencia

Google otorga mucho peso a las reseñas dentro del perfil porque reflejan la experiencia y la satisfacción de otros clientes. Acumular reseñas es una de las acciones con mayor impacto a medio plazo en el posicionamiento local, y es también una de las más descuidadas.

El número de reseñas importa, pero también la puntuación media, la diversidad de perfiles que las dejan, lo que dicen de ti y, sobre todo, la frecuencia con la que llegan. Un negocio que recibe dos reseñas en cinco años transmite una señal de actividad muy baja. Un negocio que recibe 20 reseñas el mismo día seguramente conseguirá una penalización por posible falseamiento. Lo ideal es un negocio que las recibe de forma constante, aunque sean pocas por trimestre.

Pedir reseñas a los clientes es una práctica habitual y permitida en cualquier sector de servicios. Al entregar tu encargo, basta con enviar un correo breve agradeciendo la colaboración y pidiendo que compartan su experiencia en Google si están satisfechos. El enlace directo a la solicitud de reseña se obtiene desde el panel de GBP, en el apartado «Consigue más reseñas».

Responder a todas las reseñas, tanto positivas como negativas, también envía señales al algoritmo. Indica actividad, implicación y que hay alguien gestionando el perfil. En las reseñas negativas, una respuesta profesional y constructiva puede convertir una situación incómoda en una prueba de solvencia para los clientes potenciales que lean ese intercambio.

Cómo saber si la estrategia funciona

Google Business Profile tiene su propio panel de rendimiento donde puedes ver cuántas veces ha aparecido tu perfil en búsquedas, cuántas visitas has recibido, cuántas llamadas se han originado desde él o cuántos clics ha recibido el enlace a tu web.

Yo lo reviso una vez al mes y me sirve para saber qué está funcionando y qué necesita un ajuste. Sobre todo, reviso a mi competencia de servicios de traducción y veo cómo puedo superarlos en lo que a optimización se refiere.

Antes de terminar, dos cosas más que merece la pena activar: la mensajería directa del perfil, que permite que un cliente potencial te escriba desde Google sin tener que buscarte en ningún otro sitio, y el enlace a WhatsApp, que Google Business Profile permite incorporar desde 2025. Ambas son gratuitas y están poco explotadas.

Así que ya sabes lo que toca: crea tu perfil, optimízalo con lo que te he contado y empieza a aparecer donde están buscando tus clientes.

La calidad todavía importa

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El pasado fin de semana estuve en un pueblecito del Pallars en el que han montado un museo singular: en varios espacios del pueblo hay comercios congelados en el tiempo, con productos de la época  (desde la segunda revolución industrial hasta las postrimerías del franquismo, finales de los 70). Se puede visitar una barbería, una farmacia, unos ultramarinos, una imprenta, etc.

El caso es que en la primera parada vi este cartelito de una exposición de Netol (sí, con ese personaje de carrillos generosos que anunciaba un limpiador de metales), con una frase que me llamó muchísimo la atención y con la que estoy muy de acuerdo: «La calidad de un artículo se recuerda más que el precio pagado por él».

Quizá pueda parecer paradójico, pero en traducción es así. Tal cual. Siempre habrá ese cliente que mire solo precio, el que escoja a otro proveedor antes que a ti por ser más barato, pero no es el único. Hay muchos otros que quieren un trabajo bien hecho, que quieren un trabajo con un buen profesional detrás que se responsabilice de esa calidad.

Esto lo tengo comprobado con los autores con los que he trabajado. Todos (sin excepción) han repetido si han tenido nuevas obras que traducir, vinieran de forma directa o a través de plataformas como Reedsy. Porque sí, claro, todos buscamos ahorrarnos unas perrillas, pero la calidad se paga.

En el precio de esa traducción no va solo el traslado de ese texto de un idioma a otro, sino también una lectura precisa, la atención al detalle, una relectura y repaso exhaustivo posterior, la adecuación a lo que te va a pedir la plataforma X para promocionar el libro, etc. En definitiva, el buen traductor de carne y hueso no solo va a estar ahí para hacer ese trabajo puntual, sino que te acompañará en el proceso y en las dudas que puedas tener (el servicio posventa de toda la vida).

Porque, al final, lo que se recuerda de nuestros servicios, de un buen texto traducido, del doblaje de una película, de una interpretación, es todo eso. La calidad de una traducción permanece; el precio se olvida. O, dicho de otro modo: una buena traducción se paga una vez; una mala…, en cada página.

El vaso medio lleno

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Siempre he sido de las que ven el vaso medio lleno, tanto en lo personal como en lo profesional. Aunque vivimos una época complicada, intento pensar en positivo. Que no siempre es fácil, ¿eh? Pero sí creo en el poder de las pequeñas cosas.

Muy al hilo de esto, el otro día leí un precioso artículo de Palmira Feixas, que os dejo aquí, en el que habla de las pequeñas alegrías de la traducción literaria. Me lo leí —¡me lo bebí!— asintiendo enérgicamente con la cabeza como si estuviera en un concierto de heavy.

Y es que comparto muchos puntos con la autora: la alegría de zambullirte en una historia que te parece brillantísima o entretenidísima; desahogarte a base de sushi con otros compañeros de fatigas; recibir los elogios de una compañera traductora o editora por la traducción que acabas de entregar;  ver tu nombre en la cubierta en un libro especialmente exigente, entre muchos otros.

Esas pequeñas alegrías, al final, son las que nos sostienen. Y eso no quita que aún quede mucho por reivindicar y por luchar: tarifas que nos permitan vivir bien (y sin tener que compaginar), transparencia en los contratos, mejores condiciones… Obviamente, queda trecho. Pero no perdamos de vista lo bonito. Nunca.

A mí siempre me hace mucha ilusión entrar en una librería y encontrar algún libro de los que he traducido, ahí puestecito en una mesa. Cogerlo. Mirar la cubierta. Abrirlo por cualquier página y reconocer esas decisiones tan pensadas que ahora parecen la mar naturales.

Pero, sobre todo, y después de las horas de tecleo puro y duro, de ajustar ritmos, de probar opciones, de leer en voz alta para ver si la frase respira bien…, saber que ese texto llega a quien tiene que llegar. Y recibir mensajes del tipo «¿Ya ha salido el último? Iremos a buscarlo 😉», «¡a mi hija le encanta esta colección!» e incluso «¿cuándo sale el siguiente?».

Y ahí es donde todo encaja. Ahí la traducción deja de ser proceso y se convierte en una experiencia real: en una niña esperando el siguiente libro de la serie; en una historia que ha cruzado de lengua y ahora forma parte de su mundo. Que sí, vale, el brilli-brilli de la cubierta ayuda, pero ya me entendéis.

En medio de tanto debate sobre IA, precariedad y futuro del sector, yo me agarro a esto. A estas pequeñas cosas. A saber que hay niños leyendo algo que ha pasado por mis manos.

Esta es una de mis pequeñas grandes alegrías. ¿Cuáles son las vuestras?

#traduccióneditorial #pensamientopositivo

Traducción y tecnología: el debate sobre la IA en el romance literario

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Estos días está circulando mucho la noticia de que algunas editoriales de novela romántica, como Harlequin, están recurriendo a la IA para traducir sus libros. Y, casi automáticamente, el debate desemboca en una conclusión muy cómoda: si se puede automatizar, será porque esa traducción no era especialmente exigente.

El problema es que esa idea no se sostiene. Quien haya trabajado traduciendo romance sabe que no es un género «facilón». Esto también lo saben bien los y las alumnas de mi curso de traducción romántica y erótica de AulaSIC. Las convenciones textuales no son moco de pavo, igual que las estrategias para describir escenas subidas de tono, la idiosincrasia de los personajes, etc. Es un género muy connotado y con variaciones de tono que puede ser pautado en ocasiones (con guías estilísticas concretas y normas distintas según colección) y con una adaptación constante al mercado de llegada. Que pueda estar más o menos estandarizado no lo vuelve simple; lo vuelve técnico. Y exigente, sí.



La decisión de implantar IA no tiene que ver con que «ya no haga falta» un traductor humano. Tiene que ver con el volumen. Cuando publicas cientos o miles de títulos al año, cualquier ahorro por página se convierte en una cifra enorme, obvio. Es una lógica puramente industrial, no una evaluación de la calidad literaria. Porque no toda la romántica es igual, como no lo es toda la negra o toda la juvenil, ya puestos.

Pero he aquí la cuestión que se está pasando por alto: la IA no quiere sustituir calidad (porque no puede), sustituye al profesional cuando el modelo de negocio prioriza velocidad y margen.

Además, oponer «traducción comercial» a «traducción literaria de prestigio» es una trampa peligrosa. Como si solo hubiera decisiones complejas cuando se traduce a Kundera o a Houellebecq. El romance, la literatura infantil, el juvenil o el bestseller comercial (lo que muchos tachan con sorna de «novelitas de aeropuerto») también exigen oído, criterio, coherencia de voz y un conocimiento muy fino de lo que espera su público. La diferencia es que a esos géneros se les ha exigido siempre mucho… y se les ha reconocido poco. Pero…, ay, es que muchos de estos libros están escritos por y para mujeres (y este es un melón que abriremos en otro momento).

La traducción humana no desaparece porque sea mediocre. Desaparece cuando se considera prescindible. Y aun así, hay que decirlo claro: cuando un texto tiene que conectar de verdad con un público específico, cuando importa el tono, la intención y la experiencia de lectura, la IA sola no basta. Al menos, no hoy.

Y, por desgracia, la pregunta no es si la IA va a usarse. Eso ya está ocurriendo. La pregunta es qué tipo de libros y qué tipo de industria queremos. Porque automatizar no es lo mismo que cuidar, del mismo modo que leer no es solo entender palabras.

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Enlace a la noticia cuya imagen ilustra este artículo: https://www.bfmtv.com/tech/intelligence-artificielle/les-editions-harlequin-vont-traduire-leurs-romans-a-l-ia-un-plan-social-invisible-denoncent-les-traducteurs_AD-202512170930.html

Errores en libros publicados: Ruth Ware explica el proceso y como traductora lo reconfirmo

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Hace unos días la escritora Ruth Ware publicó un hilo maravilloso explicando por qué incluso los libros publicados por grandes editoriales —con equipos enteros detrás— pueden contener errores. Y yo, como traductora editorial, y desde mi parcelita, solo podía asentir. Porque aunque desde fuera pueda parecer que un libro pasa por un túnel de lavado mágico donde sale brillante e impecable…, la realidad es mucho más artesanal, humana y, por tanto, algo más caótica.

Imagen de Glosario Gráfico (https://www.glosariografico.com/categoria_libros)

Aquí va el hilo de Ware aderezado con mi perspectiva desde la traducción.

1. La edición estructural: mover piezas grandes y cruzar los dedos

Ware explica que las primeras rondas de edición se centran en la trama, el ritmo, la coherencia… Y como traductora lo confirmo: cuando recibo un manuscrito, ya ha pasado por estas fases, pero eso no significa que esté «cerrado». A veces aún hay cambios, capítulos reordenados a última hora, frases que desaparecen misteriosamente… y claro, si una pieza se mueve, las demás pueden chirriar. El dominó editorial es muy real y no es infrecuente trabajar con versiones iniciales y hasta de tipo borrador.

2. El copyediting: donde se arregla… y a veces se estropea

Ella comenta que el copy editor corrige estilo y ortografía, pero a veces se introducen otros errores. Aquí, como traductora, añado:

  • Si hay varias versiones del manuscrito en circulación, puedes estar trabajando con la penúltima sin saber que existe una «definitiva de verdad de la buena que ahora va en serio».
  • Cuando el autor revierte un cambio (stet) pero no ajusta lo que rodea ese cambio, nacen palabros maravillosos como el hilairiously del que habla. En nuestro caso, cuando recibimos los cambios propuestos en nuestra traducción, es bastante común que al cambiar algo, se haya dejado alguna palabra (preposición, artículo, etc.) colgando.

3. La maquetación: cuando Word decide que hoy no

Ware menciona que en la maquetación se pueden introducir caracteres fantasma, formatos extraños o signos rarísimos. Por mi parte, he visto espacios invisibles que rompen una línea entera, guiones o comillas que desaparecen… Y por supuesto, la maquetación también afecta a las traducciones: una palabra más larga en castellano puede mover un párrafo entero, crear viudas y huérfanas o colapsar un diálogo.

4. Las pruebas finales: el último baile (sin margen para respirar)

El proof editor revisa la versión maquetada. Y aquí quienes traducimos también volvemos a participar: revisamos galeradas para detectar erratas propias, inconsistencias o errores que nacieron en fases anteriores.

Sin embargo, es la etapa más peligrosa porque hay muy poco tiempo, cualquier cambio puede romper el formato… y ya casi nadie más va a revisar después. En definitiva, es como intentar arreglar el maquillaje del actor mientras está saliendo al escenario.

5. Las primeras ediciones siempre tienen más errores (y no es un fallo: es estadística pura)

Esto lo dice Ware y lo reafirmo. La mayoría de los lectores solo ven la versión corregida cuando el libro llega a bolsillo o a la tienda de ebooks. Pero quienes devoran un lanzamiento el primer día se pueden encontrar todos los gazapillos.

Y entonces es cuando (a Ware le) llegan los mensajes: «Hola, he visto una errata» y ella lo agradece, siempre que se avise con cariño y no con un «vaya chapuza de edición», porque detrás de un libro hay una cadena de personas, no máquinas.

6. Y ojo: no todo lo que parece un error lo es

Ware lo explica muy bien y en traducción lo vemos igual. Que puede haber erratas, sí, ya lo hemos dicho, pero es que algunos errores no lo son. Pueden ser rasgos regionales, puede haber vocabulario poco común, quizá son decisiones estilísticas del autor y hasta errores conscientes y deliberados que caracterizan a un personaje o su forma de hablar.

Y, en estos casos, el reto de esta traductora está en mantener todo esto sin que parezca una errata de verdad. A veces traducimos errores adrede. Y no, no es fácil. No hay nada más divertido que ir justificando por qué esa palabra mal escrita tiene que quedarse así.

En definitiva…

El proceso editorial es un trabajo en cadena —multietapa, multipersona y multiprograma—, cuyos eslabones no siempre encajan a la perfección por muchos motivos. Es colaborativo, complejo y, sobre todo, humano. La gran mayoría de las veces los errores no son señal de dejadez: son la consecuencia inevitable de un proceso vivo.

Como traductora, agradezco muchísimo los hilos como el de Ware y otros escritores porque ayudan a que los lectores entiendan por qué un libro perfecto es prácticamente imposible… y por qué seguimos dejándonos la piel para que cada edición esté un poquito mejor que la anterior. Porque a todos nos interesa que el libro nos salga redondito. Palabra.

El cerebro GPT-atrofiado: el coste de externalizar el pensamiento

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Últimamente, le pedimos a la inteligencia artificial que piense por nosotros. Que resuma, que corrija, que inspire, que opine. Y todo parece inocente… hasta que un día se descubre uno mirando la pantalla, esperando a que ChatGPT le diga qué tiene que opinar.

Ahí empieza la atrofia: el músculo de pensar se afloja. Dejamos de entrenar la intuición, la duda, el error. Ese lujo tan humano de equivocarse y seguir.

Un grupo del MIT decidió medirlo, literalmente. Reunieron a tres grupos: los que escribían con su propia cabeza, los que se ayudaban con Google y los que dejaban que ChatGPT hiciera el trabajo (sucio o no sucio, ahí ya lo dejo a tu elección). Mientras tanto, observaban la actividad cerebral. Cuanto más delegaban, menos se encendía el cerebro. El grupo de ChatGPT fue el más apagado. Sus textos eran correctos, pero sin alma. El grupo analógico —los que escribían a pelo— mostraba justo lo contrario: creatividad, atención, energía.

Luego vino la prueba final. Los investigadores pidieron a todos que reescribieran uno de sus textos, esta vez sin IA. Los del grupo ChatGPT apenas recordaban lo que habían escrito. Ni ideas, ni frases, ni estructura. Los que usaron Google recordaban algo. Y los que pensaron solos, casi todo.

La científica Nataliya Kosmyna lo llama «deuda cognitiva»: cada vez que dejamos que una máquina piense por nosotros, perdemos un poco de capacidad para hacerlo. Y en los cerebros jóvenes, eso puede dejar cicatriz.

No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de recordar que pensar cuesta, pero entrena. Que cada palabra elegida con tu cabeza deja huella. Que puede llegar un día en que todo suene perfecto, pero vacío. Textos sin alma escritos por cerebros en modo ahorro.

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He descubierto este experimento hace poco y, como ves, me tiene maravillada. Para terminar, te dejo por aquí más información:

Tu porfolio de traducción sin dramas… ni florituras

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Una de las preguntas que más me hacen compañeros y estudiantes de traducción —justo después de «¿cómo empezar a traducir?» y «¿cuánto se cobra por palabra?»— es cómo enseñar lo que se sabe hacer o, en otras palabras, cómo crearse un porfolio de traducción que vaya más allá del CV. Así pues, hoy vengo con mi respuesta larga, la que normalmente guardo para cuando hay un cafelito de por medio.

Spoiler: no hay una sola forma correcta, pero sí maneras de hacerlo sin perder la cabeza por el camino.

Si ya tienes horas de vuelo

Si llevas un tiempo traduciendo, enhorabuena: ya tienes material que mostrar. Pero un porfolio no es una lista de «todo lo que he traducido desde 2011» (aunque la tentación esté ahí). No se trata de demostrar que sabes usar Word desde el XP, sino de demostrar tu criterio y tu voz profesional.

Empieza por seleccionar los proyectos que te representan de verdad: los que reflejan tu estilo, tus especialidades o el tipo de encargos que te gustaría seguir recibiendo. Esa guía sobre carretillas elevadoras de 2022 puede quedarse fuera, por mucho cariño que le tengas (salvo que vaya dirigido a empresas del sector, ojo).

Añade un poco de contexto. En lugar de limitarte a «Traducción de la novela X», explica brevemente de qué iba el encargo: el género, el tono, la editorial, los retos específicos. Algo como «Traducción de una novela romántica ambientada en el Ártico, donde mantener la tensión entre la emoción y el humor sarcástico del narrador fue clave». Eso dice mucho más de ti que una simple línea de texto. Si usas traducciones propias y quieres enseñar esos textos, te aconsejo un formato apaisado, por ejemplo, en el que pongas a un lado el fragmento en el idioma de origen y, en el otro, tu traducción.

Si el libro está publicado, enlázalo. Si hay fragmentos disponibles en línea, también. Cuantos menos clics tenga que hacer el lector, mejor. Y cuida el diseño: puede ser una página web, un PDF bonito o una sección en LinkedIn, pero sin muchas florituras ni tipografías recargadísimas. Respeta a tu yo traductor… y al ojo ajeno. Más abajo te doy algunas herramientas para que puedas trastear un poco.

Piensa en tu porfolio como en un escaparate de librería: no se trata de enseñar todos los libros del almacén, sino los que harían que alguien se detuviera y dijera «quiero ese». Un ejemplo fabuloso de este tipo de porfolios es el catálogo físico que usa mi amigo Lawrence Schimel para llevar a ferias del libro y cuyas páginas de muestra te enseño aquí mismo. Esto es un nivel muy muy profesional, ¿eh?, pero no es necesario hacer lo mismo. Piensa en qué te puede funcionar a ti.

Si aún no tienes experiencia

Aquí suele entrar el pánico: «pero ¿cómo voy a montar un porfolio si todavía no me ha contratado nadie?». Respira. Todos hemos empezado ahí. Todos.

Un porfolio no tiene por qué incluir (solo) trabajos remunerados. Lo que quieres es mostrar de qué eres capaz. Y eso se puede hacer de muchas formas.

Empieza por crear tus propias muestras. Elige textos representativos del tipo de traducción que te gustaría hacer —literaria, técnica, audiovisual, marketing— y traduce pequeños fragmentos. Coméntalos si quieres: explica las decisiones que tomaste, el tono que buscabas o los retos del texto. Eso demuestra criterio y conocimiento, incluso sin cliente de por medio. Y si eliges un texto publicado, recuerda dejar claro que es una muestra no comercial.

Otra opción es montar proyectos propios. Un blog, un boletín, una cuenta de Instagram donde hables de curiosidades lingüísticas…, todo eso cuenta. También puedes participar en proyectos colaborativos, revistas o traducciones voluntarias. No regales tu trabajo eternamente, pero una colaboración puntual te da experiencia real y visibilidad.

Y si no tienes todavía material traducido, enseña tu proceso. Explica cómo trabajas, cómo investigas, cómo resuelves un problema de estilo o terminología. Eso transmite profesionalidad y madurez, incluso al principio del camino.

Herramientas útiles

Aquí es donde muchos se bloquean: «¿y ahora dónde lo pongo?». No hace falta complicarse ni saber programar. Lo importante es que el formato sea claro, coherente y fácil de mantener actualizado.

Si te apetece tener una web, WordPress sigue siendo el clásico. Permite personalizarlo todo y tener tu propio dominio. Wix y Squarespace (en soluciones / ejemplos de clientes) son opciones más visuales y rápidas de montar, perfectas si no quieres pelearte con la parte técnica. Y si prefieres algo más minimalista y funcional, Notion funciona muy bien como dosier digital; aquí tienes algunas ideas más.

Por otro lado, también está Clippings, con el que puedes crear porfolios de traducción y redacción como este de Pablo Montero, así de rápido y fácil.

Si lo tuyo es el formato descargable, Canva es tu aliado. Tiene plantillas fáciles de adaptar para crear un PDF limpio, con enlaces, capturas y una estructura profesional que puedes enviar por correo sin sufrir por los márgenes.

Y si quieres alardear de muestras online, Behance o Contently te permiten subir fragmentos, enlaces y proyectos, incluso aunque no sean de diseño. LinkedIn también puede servir: usa la sección «Destacados» para añadir enlaces, publicaciones o muestras en PDF.

No importa tanto la plataforma como la coherencia entre lo que enseñas y lo que dices que haces. Elige un formato que puedas mantener sin que te entren ganas de tirarte de los pelos cada vez que haya una actualización.

En resumen

Tu porfolio no es un álbum de cromos, sino una narración visual y textual de quién eres como profesional. Debe reflejar tus intereses, tu estilo, tus fortalezas… y, sobre todo, que te tomas la traducción en serio. Tengas o no experiencia, el truco está en mostrar potencial: el de tu trabajo, tu criterio y tu pasión por las palabras. Porque sí, se nota cuando la tienes.

Y si al montarlo te asaltan las dudas («¿y si no soy lo bastante bueno/a?», «¿y si esto no le interesa a nadie?»), recuerda: todos los traductores hemos pasado por ahí. Lo importante es seguir traduciendo, aprendiendo y afinando tu voz.

Tu porfolio evolucionará contigo. Y eso, sinceramente, es lo bonito de esta profesión, que nunca dejas de crecer.

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Más información y enlaces útiles:

Al regreso de Galway: experiencias en traducción

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La traducción siempre me ha llevado a sitios maravillosos, tanto figurativa como literalmente hablando. Acabo de regresar de Irlanda donde he tenido el honor de participar en una serie de eventos organizados por la School of Languages, Literatures and Cultures de la University of Galway.

La pasada semana impartí un taller y dos ponencias sobre traducción editorial y audiovisual. Fue una experiencia extraordinaria, en la que no solo compartí conocimientos y prácticas, sino que también aprendí muchísimo de estudiantes, profesorado y colegas traductores.

Algunos momentos destacables:

📔 Conversar sobre las dinámicas del mercado editorial de la traducción, sus retos y oportunidades. Y conocer cómo son algunas particularidades en otros países. (En el primer seminario sobre traducción editorial).

🎬 Explorar estrategias para la traducción audiovisual: subtitulado, doblaje, voz en off, etc. Y destacar la importancia de todas ellas, siempre enmarcadas en lo que necesita un producto en especial. (En el segundo seminario, esta vez sobre traducción audiovisual).

📝 Ver el entusiasmo de quienes se acercaron con inquietudes, dudas, ganas de mejorar, de experimentar… y de trastear con textos nada fáciles, aunque lo pareciera en un primer momento. (En el taller de 2 h sobre traducción editorial).

Vivir en primera persona la hospitalidad de la comunidad académica de Galway, en un entorno tan rico culturalmente, ha sido un gran recordatorio de lo valioso que es el intercambio de ideas entre continentes, idiomas y generosidades intelectuales.

Gracias infinitas al equipo organizador, en especial a Tamara de Ines Anton, por la invitación y el acompañamiento. Y a su gran aliada, Atreyu, que me hizo compañía en algún ratito entre sesiones. Una pena no haber coincidido con compañeras como Pilar Alderete Diez, pero estoy segura de que encontraremos la forma.

Y gracias también a todos quienes asistieron, hicieron preguntas, debatieron, se atrevieron a proponer nuevas rutas. Esta experiencia reafirma mi convicción de que la traducción no es solo una disciplina técnica, sino una labor cultural que abre puertas entre mundos, personas y formas de pensar.

Ahora, de vuelta al despacho, me siento con energías renovadas para abordar proyectos presentes y futuros. Tengo miles de ideas bullendo en la cabeza, pero las mismas ganas de siempre. Que nos sigamos encontrando entre lenguas. Que no nos falten nunca.

De universos inventados y frases hechas

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Las frases hechas no viajan bien entre mundos… y ahí empieza el reto del traductor (humano).

En la novela en la que trabajo ahora, los protagonistas habitan un universo distinto al nuestro, donde muchos animales de la Tierra —como perros o ranas— sencillamente no existen. Esto condiciona las decisiones traductológicas: expresiones tan comunes en castellano como «no es moco de pavo» pierden sentido. Lo mismo ocurre con referencias religiosas como «no es santo de mi devoción» o coloquialismos del tipo «donde Cristo perdió el gorro», que en un mundo sin santos, sin Cristo y sin tradición católica carecen de coherencia.

Y no solo pasa con expresiones y frases hechas del estilo, también sucede con medidas y tiempo. Si ese mundo no se rige por relojes —como es el caso que me ocupa—, no podemos hablar de segundos ni minutos; habrá que medir de otra manera, quizá en latidos, pasos o ciclos naturales propios de ese universo.

¿Cómo mantenemos la expresividad de la lengua de llegada sin traicionar la coherencia interna del universo ficticio? Pues la respuesta pasa por la traducción más creativa y humana: encontrar equivalentes que transmitan el mismo efecto al lector, pero que respeten la lógica del mundo narrativo.

Este tipo de decisiones demuestran por qué la traducción literaria (y la no literaria también, ¿eh?) requiere criterio y sensibilidad profesional. Una IA ofrece equivalencias literales, pero no va a evaluar si ese animal existe en la diégesis de la obra o si esa referencia cultural, religiosa o temporal es verosímil en ese universo. Porque no piensa. Esa negociación entre fidelidad y coherencia sigue siendo terreno humano.

¿Qué otras expresiones crees tú que no sobrevivirían en un universo inventado? ¡Te leo!

🖼️ Autorretrato. Dorothea Tanning (1944)

Traducir es puro funambulismo 🎪

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Los traductores nos movemos constantemente entre dos extremos: por un lado, el respeto al texto original; por otro, la búsqueda de una expresión natural en la lengua de llegada. Y en ese vaivén, a veces nos inclinamos tanto hacia uno de los lados que perdemos de vista lo esencial: la durabilidad, la coherencia, la voz.

En los últimos años, hablamos mucho (y con razón) de la importancia de alejarse de traducciones excesivamente literales, esas que suenan forzadas, antinaturales, cogidas por pinzas, vaya. Sin embargo, en ese afán por sonar «naturales», corremos el riesgo contrario: el de fechar las traducciones, anclarlas en un momento concreto del tiempo al utilizar expresiones demasiado propias de una moda, una generación o una jerga puntual.


Pensemos en palabras como «bro», «PEC» o expresiones como «servir c*ñ*», «F en el chat», «estar alguien en su prime», etc. Tienen fuerza, ritmo, personalidad…, pero también fecha de caducidad. Puede que funcionen de maravilla hoy, pero ¿cómo envejecerán dentro de cinco años? ¿Seguirán siendo comprensibles? ¿O parecerán artefactos de otra era, como los «guay del Paraguay» de los noventa?

Traducir es trasladar palabras, claro, pero sobre todo consiste en decidir qué tono queremos dar, cuánto queremos que pese la actualidad y cuánto queremos que perdure la historia. No se trata de eliminar lo coloquial ni de neutralizar la voz de los personajes, sino de preguntarnos a quién estamos hablando hoy… y a quién le hablaremos mañana.

Este equilibrio no es fácil y no siempre hay respuestas claras, porque, obviamente (se viene frasecita manida) depende del contexto. A veces, una expresión muy del momento es justo lo que necesita un personaje para cobrar vida (hace poco en una novela encontraba, literal, una expresión donde encajaba de mil amores lo del «ir a servir»). Otras, es mejor apostar por una naturalidad menos marcada, más atemporal, que permita que el texto respire con libertad dentro de unos años.

Como traductores, no podemos prever el futuro, pero sí podemos ser conscientes de las elecciones que hacemos. Y sobre todo, podemos defender que una traducción con personalidad no tiene por qué sonar forzada ni tampoco quedar atrapada en una moda pasajera.

Al final, se trata de eso: encontrar la voz, el tono y el ritmo que hagan justicia al original y que, al mismo tiempo, conecten con los lectores… de hoy y de mañana.

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P. D.: Si hay algo de la imagen que no te suena, te dejo por aquí un minidiccionario: https://lnkd.in/dJndjb-H