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actualidad, Harlequin, IA, inteligencia artificial, literatura, traducción, Traducción, traducción literaria
Estos días está circulando mucho la noticia de que algunas editoriales de novela romántica, como Harlequin, están recurriendo a la IA para traducir sus libros. Y, casi automáticamente, el debate desemboca en una conclusión muy cómoda: si se puede automatizar, será porque esa traducción no era especialmente exigente.
El problema es que esa idea no se sostiene. Quien haya trabajado traduciendo romance sabe que no es un género «facilón». Esto también lo saben bien los y las alumnas de mi curso de traducción romántica y erótica de AulaSIC. Las convenciones textuales no son moco de pavo, igual que las estrategias para describir escenas subidas de tono, la idiosincrasia de los personajes, etc. Es un género muy connotado y con variaciones de tono que puede ser pautado en ocasiones (con guías estilísticas concretas y normas distintas según colección) y con una adaptación constante al mercado de llegada. Que pueda estar más o menos estandarizado no lo vuelve simple; lo vuelve técnico. Y exigente, sí.

La decisión de implantar IA no tiene que ver con que «ya no haga falta» un traductor humano. Tiene que ver con el volumen. Cuando publicas cientos o miles de títulos al año, cualquier ahorro por página se convierte en una cifra enorme, obvio. Es una lógica puramente industrial, no una evaluación de la calidad literaria. Porque no toda la romántica es igual, como no lo es toda la negra o toda la juvenil, ya puestos.
Pero he aquí la cuestión que se está pasando por alto: la IA no quiere sustituir calidad (porque no puede), sustituye al profesional cuando el modelo de negocio prioriza velocidad y margen.
Además, oponer «traducción comercial» a «traducción literaria de prestigio» es una trampa peligrosa. Como si solo hubiera decisiones complejas cuando se traduce a Kundera o a Houellebecq. El romance, la literatura infantil, el juvenil o el bestseller comercial (lo que muchos tachan con sorna de «novelitas de aeropuerto») también exigen oído, criterio, coherencia de voz y un conocimiento muy fino de lo que espera su público. La diferencia es que a esos géneros se les ha exigido siempre mucho… y se les ha reconocido poco. Pero…, ay, es que muchos de estos libros están escritos por y para mujeres (y este es un melón que abriremos en otro momento).
La traducción humana no desaparece porque sea mediocre. Desaparece cuando se considera prescindible. Y aun así, hay que decirlo claro: cuando un texto tiene que conectar de verdad con un público específico, cuando importa el tono, la intención y la experiencia de lectura, la IA sola no basta. Al menos, no hoy.
Y, por desgracia, la pregunta no es si la IA va a usarse. Eso ya está ocurriendo. La pregunta es qué tipo de libros y qué tipo de industria queremos. Porque automatizar no es lo mismo que cuidar, del mismo modo que leer no es solo entender palabras.
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Enlace a la noticia cuya imagen ilustra este artículo: https://www.bfmtv.com/tech/intelligence-artificielle/les-editions-harlequin-vont-traduire-leurs-romans-a-l-ia-un-plan-social-invisible-denoncent-les-traducteurs_AD-202512170930.html
































