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¿Eres un mono? ¿No? Pues entonces no aceptes cacahuetes

Estamos en pleno verano y resulta difícil hablar de según que asuntos. ¡Estamos de vacaciones! Pero es un buen momento para detenerse y pensar en nuestra pequeña empresa, sobre todo en las tarifas que aplicamos, ese tema tan controvertido en el mundo de la traducción.

Seamos claros, la traducción para muchos no es más que un trámite molesto y, como tal, quieren sacárselo de encima de forma rápida y barata. Pero para un traductor es su sustento, sobre todo si se dedica únicamente a traducir.

Basta ya de desmerecernos. Es nuestra profesión y debemos cobrar dignamente. Además, como apunta Ricard Lozano en su Vademécum: “El montante total de la facturación no constituye en realidad un sueldo, sino una cantidad bruta de la que es preciso restar todos los gastos e impuestos relacionados con la actividad”, ¡que no son pocos!

Incurrimos en bastantes gastos, hay que declararlo todo cada tres meses y si las tarifas no son dignas, las cuentas no salen. O quizá sí, pero eso será porque se trabaje frenéticamente y salgan las traducciones como churros (y quizá la calidad sea igual, es decir, un churro).

Recomendaciones prácticas:

  • Si tienes dudas sobre qué tarifas aplicar, habla con compañeros (sí, ya sé que es un tema delicado y a muchos no les gusta hablar de eso) o consúltalo con las asociaciones profesionales (a falta de Colegio). En fin, hay que investigar un poco el mercado.
  • A la hora de preparar un presupuesto, empieza por tarifas altas (sin pasarse, claro) porque ya tendrás tiempo de bajarlas. Si el cliente acepta tu primera propuesta, ¡fantástico! Si no, siempre se puede negociar.
  • Ten siempre un registro de las tarifas que aplicas a cada cliente (puede que sean distintas si trabajas para una agencia española o extranjera, un cliente directo nacional o extranjero). Yo tengo un PDF hecho con mis tarifas y se lo paso a cada nuevo cliente. Así, tú también tienes constancia de lo que cobras, al cliente no le das ningún susto cambiando súbitamente de precio y todo queda bien registrado.
  • Las agencias son empresas privadas y es cierto que ofrecen tarifas más bajas que los clientes directos, pero eso se debe a que hay traductores que las aceptan. Seguramente ya sabes qué tarifa es aceptable o no y si revientas precios es tu elección, pero con eso destruyes tus propias posibilidades de progresión profesional.
  • Aprende a decir «no» a todos aquellos proyectos que no cumplan los requisitos mínimos que hayas establecido. Puede quedar demasiado tajante y puede que tengas miedo al rechazo o a que no te vuelvan a llamar pero también es señal de profesionalidad.
  • Antes de aceptar un proyecto, infórmate del cliente y trata de averiguar su seriedad y solvencia. Ahora hay muchas maneras de hacerlo, por ejemplo a través de Proz u otras asociaciones y grupos.
  • Controla la contabilidad de cada cuenta de cliente y de los pagos pendientes de cada proyecto. Con el acceso virtual a las cuentas corrientes esto es más fácil que nunca. No hay que confiar simplemente en que ya llegará el pago. A veces a uno se le pasa pagar o se extravían las facturas… por correo electrónico.
  • Si un precio resulta insostenible, no comprometas la calidad para hacerlo rentable (no consultando todas las dudas que debieras, traduciendo a ritmo vertiginoso, no revisando tu trabajo las veces que sea preciso, etc). Conserva la calidad y mejórala siempre que puedas porque si trabajas mal puede que pierdas al cliente en un futuro.

Piensa que no solo cobras por tu tiempo sino por tus conocimientos. Has terminado una carrera, un postgrado, un máster o has asistido a algunos cursos (de corrección, de Trados o de gestión terminológica, por ejemplo). Todo esto vale dinero. Todo esto es un valor añadido para ti y tu trabajo: esto se cobra (no directamente, pero debería ser parte integrante de tu precio, ¿no crees?).

En relación a esto, y para terminar, no se me ocurre nada mejor que ilustrarlo con la Fábula del ingeniero y el tornillo:

“Había una vez un ingeniero al que llamaron para arreglar un ordenador del que dependía gran parte del proceso productivo de una importante fábrica.

Sentado frente a la pantalla, el hombre oprimió unas cuantas teclas, asintió con la cabeza, murmuró algo para sí mismo y apagó el aparato. Procedió a sacar un pequeño destornillador de su bolsillo y dio vuelta y media a un minúsculo tornillo.

Entonces encendió el ordenador de nuevo y comprobó que funcionaba a la perfección.

El presidente de la empresa se mostró encantado y se ofreció a pagar el servicio en el acto.

-¿Cuánto le debo? -preguntó.

-Son mil euros, si me hace el favor.

-¿Mil euros? ¿Mil euros por unos minutos de trabajo? ¿Mil euros por apretar un simple tornillito? Ya sé que el ordenador es una parte fundamental de mi proceso productivo, pero mil euros es una cantidad disparatada. Solo la pagaré si me manda una factura perfectamente detallada que la justifique.

El ingeniero asintió con la cabeza y se fue.

A la mañana siguiente, el presidente recibió la factura, la leyó con cuidado, sacudió la cabeza y procedió a pagarla en el acto.

La factura decía:

Detalle de los servicios prestados:

1. Apretar un tornillo: 1 euro

2. Saber qué tornillo apretar: 999 euros

Moraleja: aprende a hacer valer tus conocimientos y empieza a cobrar por lo que sabes, no solamente por lo que haces.

¡Ah! Y por encima de todo:

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