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… hoy, 30 de septiembre, Día de la Traducción.
Sí, leo la misma frase quince veces. A veces, a la decimoquinta, descubro que el problema estaba en la frase anterior. O que tenía hambre. Hay diagnósticos profesionales que solo pueden hacerse después de comer.
Desde fuera, traducir debe de parecer una actividad bastante tranquila: una persona delante de un ordenador, leyendo y escribiendo. Desde dentro, en cambio, hay bastante más ruido. Sobre todo porque también hablo sola. Leo diálogos en voz alta, pruebo insultos, murmuro declaraciones de amor y compruebo si esa réplica tiene suficiente mala leche. Una frase puede ser impecable sobre el papel y sonar como una circular de la comunidad de vecinos cuando la pronuncia un personaje. Y cuesta creerse una escena de pasión si uno de los dos parece estar tramitando una incidencia.
También hago gestos. Si alguien gira la muñeca, se encoge de hombros o se coloca en una postura que no acabo de visualizar, lo pruebo. Dentro de mis posibilidades, evidentemente. Hay límites físicos y cierta dignidad que conviene conservar (aunque esté yo sola en el despacho casi todo el día).
Mi historial de búsquedas merece un capítulo aparte. En él pueden convivir partes de una armadura, plantas venenosas, nudos marineros, ropa interior de otros siglos y dudas anatómicas muy específicas. Todo tiene una explicación laboral, aunque quizá no sería la primera que se le ocurriría a alguien que le echara un vistazo.
Y sí, celebro encontrar una palabra como si hubiera marcado un gol. Después de pasar un buen rato buscando una solución, dar con la que tiene el sentido, el registro y el ritmo que necesitas produce una satisfacción difícil de explicar. No siempre es una palabra espectacular. Puede ser un verbo de lo más corriente. Precisamente: era ese, lo tenías delante de las narices y no lo veías.
También borro frases que me gustan. Esta confesión duele un poco más. A veces has encontrado una expresión redonda, ingeniosa, preciosa… que el personaje jamás diría. O que añade un efecto que el original no tiene. Pues fuera. Con un pequeño disgusto, pero fuera.
Dudo de cosas que sé perfectamente y compruebo palabras que he escrito cien veces. Uso diccionarios. Muchos. También pregunto a compañeras, porque hay atascos que otra persona resuelve con un «¿no será esto?». Y sí, era eso.
Todo esto sucede antes de que alguien abra el libro y lea una frase sin detenerse en ella. Ese es, muchas veces, el resultado del trabajo bien hecho: que no se noten las 15 lecturas, las 3 versiones descartadas ni la conversación con la pantalla. Que el diálogo suene vivo y el lector quiera pasar página.
Para celebrar el Día Internacional de la Traducción, brindo por todas las personas que dedican horas y horas a hacer posible todo esto. Y por ese sinónimo que todavía se resiste.
Ya saldrá. Quizá después de comer.
