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Las redes pueden descubrirnos una novela, rescatar un libro del olvido o convertir a un autor en creador de contenido a jornada completa. Algunas reflexiones a partir del foro de UNIR «Entre libros y algoritmos: la literatura en la era de las redes sociales».
Ves una cubierta en Instagram. Días después, alguien recomienda ese mismo libro en TikTok. Aparece en otro vídeo, en una foto, en una lista de lecturas pendientes. Cuando lo encuentras en una librería, ya te resulta familiar. Quizá no recuerdes el título ni sepas muy bien de qué trata, pero lo reconoces y lo coges para leer la contracubierta. La recomendación no ha terminado necesariamente en una compra, aunque ya ha conseguido algo bastante valioso: que te fijes en ese libro entre todos los demás.

De algo tan cotidiano como esto se habló en el foro de UNIR «Entre libros y algoritmos: la literatura en la era de las redes sociales». La conversación abordó la influencia de las plataformas en la promoción, la búsqueda de autores, la escritura y las decisiones lectoras. Hay más formas de llegar a los lectores, sí, pero autores y editoriales tienen que dedicar cada vez más esfuerzos a hacerse ver.
La recomendación empieza mucho antes de que el libro llegue a la librería. Durante la sesión, Andrea Izquierdo (escritora y divulgadora literaria) habló de cómo las editoriales y los scouts literarios, profesionales que detectan obras y oportunidades en otros mercados, incorporan las plataformas digitales a su búsqueda. A las novedades y las listas de ventas se suman las conversaciones de BookTok, las historias publicadas por entregas y las comunidades que se forman alrededor de autores o personajes.
Si una historia ya tiene miles de lectores pendientes de cada entrega, es comprensible que una editorial se fije en ella. De ahí la atención que despiertan ciertos fenómenos de Wattpad o del fanfiction, y la posibilidad de que una obra genere ofertas internacionales incluso antes de publicarse en su mercado de origen. En el foro se mencionaron las historias surgidas del universo de fans de Hermione y Draco Malfoy (Dramione ♥), además del caso de Alex Aster, para ilustrar esa capacidad de reunir expectación alrededor de un libro.
Ahora bien, una comunidad de lectores, un vídeo con muchas reproducciones y una previsión de ventas son cosas distintas. Que mucha gente vea un vídeo sobre una novela no significa que toda esa gente vaya a comprarla. Parece una obviedad, pero a veces nos deslumbramos bastante con los números.
Las redes también permiten recuperar títulos de fondo. Una novela publicada hace años puede encontrar nuevos lectores porque alguien la recomienda y esa recomendación empieza a circular. Me gusta especialmente que, entre tanta novedad, un libro pueda volver a leerse y comentarse sin que su autor haya escrito una continuación ni se celebre un aniversario redondo.
Lo preocupante es que esas prisas acaben afectando a cómo se hacen los libros. En la sesión se expresó preocupación por la sobreproducción, la rotación de las mesas de novedades y las prisas con las que algunos libros llegan al mercado. Si la oportunidad comercial parece durar apenas unas semanas, aumenta la tentación de acelerar todos los procesos para llegar a tiempo.
Como traductora, esta parte me toca de cerca. Que una novela se vuelva viral en un fin de semana no reduce el trabajo necesario para traducirla, revisarla y corregirla, ¡obviamente! Seguimos necesitando tiempo para encontrar la voz de un personaje, resolver una ambigüedad o mantener la coherencia de cuatrocientas (o setecientas) páginas. Esta es una reflexión que añado desde mi oficio: cuando hablamos de aprovechar una tendencia, también deberíamos preguntarnos en qué condiciones trabajan quienes hacen posible que ese libro llegue a otra lengua.
La misma conversación sobre el ritmo afecta a las librerías. El espacio es limitado y las novedades siguen entrando. Para un autor, ver cómo su libro pierde presencia al poco tiempo puede resultar desalentador, pero cargar toda la responsabilidad sobre el librero sería ignorar el funcionamiento del conjunto. Si a las pocas semanas ya estamos pendientes del siguiente lanzamiento, ¿cuándo va a tener tiempo ese libro de darse a conocer?
También ha cambiado lo que se espera de quien escribe. Una de las ideas más claras del encuentro fue la ampliación del trabajo del autor: además de escribir, revisar y participar en el proceso editorial, se le pide que sepa comunicar, grabar vídeos, editar imágenes, mantener una comunidad y hablar de su libro sin que parezca que siempre está hablando de su libro. Todo eso, a menudo, al salir de su otro trabajo.
Las redes pueden ser un lugar agradable de intercambio. Permiten conocer a los lectores, compartir intereses y explicar aspectos del trabajo que antes quedaban fuera de la conversación pública. Pero una cosa es disfrutar de esos ratos y otra sentir que tienes que publicar algo todos los días, aunque para hacerlo acabes dejando de escribir.
Ernesto Pérez Zúñiga, director del Máster en Gestión Editorial de UNIR, planteó durante el foro que el autor ocupa ahora los dos extremos de la cadena: crea la obra y participa también en su venta. Y me pregunto: ¿cuánto trabajo adicional estamos dando por supuesto cuando pedimos que alguien «tenga presencia en redes»? Una cuenta activa requiere tiempo, habilidades y energía. Y escribir bien no implica sentirse cómodo delante de una cámara.
La presión puede empezar, además, antes de terminar el manuscrito. Si sabemos qué géneros funcionan, qué personajes generan conversación o qué frases se comparten, resulta fácil empezar a escribir con ese escaparate en la cabeza. En el encuentro se habló del riesgo de concebir una historia pensando de antemano en su etiqueta, sus tropos o su potencial para convertirse en un vídeo.

Claro que ayuda saber qué se publica y qué se vende, pero tampoco nos asegura nada: una tendencia puede agotarse antes de que la novela esté terminada, y escribir dentro de un género popular tampoco asegura destacar entre todos los títulos que compiten por ese público. Andrea Izquierdo contó que seguía queriendo escribir una historia cuyos elementos le habían recomendado evitar porque, supuestamente, no estaban de moda. Ella quería escribirla igualmente. Y menos mal: sería bastante triste descartar una historia que te apetece contar porque ahora mismo no encaja en las listas de lo más vendido.
Seguimos encontrando libros fuera de las redes. En el foro se insistió en que su influencia depende del público, de sus hábitos y del tipo de libro. En literatura infantil, por ejemplo, entran en juego las familias, las bibliotecas, las escuelas y las librerías. Tampoco llega a una mesa de novedades con las mismas referencias quien lee todas las semanas que quien busca un par de novelas para las vacaciones.
A eso se añade la confianza en los sellos editoriales. Hay lectores que se acercan a un autor desconocido porque lo publica una editorial cuyo catálogo les interesa. Si has disfrutado de varios de sus libros y te gusta cómo los editan, es más fácil que te animes con otro aunque no conozcas a quien lo firma. Para quien busca editorial, una de las propuestas de la sesión fue precisamente mirar los catálogos y reconocer dónde podría encajar su obra.
La conversación abordó también la autoedición. Permite sacar adelante proyectos y tomar decisiones propias, aunque exige asumir o contratar tareas que una editorial puede coordinar. Puedes decidir por tu cuenta, pero también te toca ocuparte de la edición, el diseño, la distribución y la promoción, o pagar a profesionales que lo hagan. Es bastante más trabajo que subir un archivo a una plataforma.
Con tantas recomendaciones, elegir tampoco es siempre más fácil. Las recomendaciones se han diversificado: hay cuentas especializadas en cómic, adaptaciones, géneros concretos o noticias editoriales. Es más fácil encontrar a alguien con quien compartir una afición muy específica. Y da gusto terminar un libro y tener con quién comentar ese final, sobre todo si en tu entorno nadie lo ha leído.

Sin embargo, la comunidad también puede generar la impresión de que hay que leer determinado libro para no quedarse fuera de la conversación (maldito FOMO). Entre novedades, retos y listas de pendientes, una afición corre el riesgo de adquirir un aire de tarea atrasada. A eso se suma el atractivo del libro como objeto: cantos pintados, ediciones especiales y productos relacionados con sus universos.
Disfrutar de una edición bonita no invalida ninguna lectura. A veces queremos leer una novela; otras, tener esa edición preciosa; y otras, enterarnos de qué está hablando todo el mundo. Pueden apetecernos las tres cosas a la vez. Y recordar que ver continuamente los mismos títulos en nuestra pantalla no significa que representen todo lo que se está publicando o leyendo.
Con la inteligencia artificial, los participantes no estuvieron de acuerdo en todo. Se defendió su posible uso como apoyo en determinadas tareas técnicas, con supervisión humana, y se subrayó la importancia de preservar la intervención profesional en escritura, traducción, diseño y corrección. También se propuso recurrir a herramientas generativas para algunas necesidades de la autoedición, incluidas las cubiertas, mientras que otra intervención rechazó su uso para sustituir esas labores.
Lo cuento porque resumir esta parte como si todos hubieran defendido lo mismo sería falsear la conversación. La expresión «usar la IA como herramienta» es demasiado amplia para explicar por sí sola una práctica. Hay que concretar para qué se utiliza, qué trabajo está realizando y quién revisa el resultado. La sesión recogió además preocupaciones sobre los materiales de entrenamiento, los derechos de autor y los límites que algunos autores quieren establecer en sus contratos. Son cuestiones que afectan tanto al texto como a su presentación y promoción.
A mí, como a Andrea, me gusta hablar de libros en redes, recomendarlos (utilizo las historias de IG y alguna plataforma más) y descubrir lo que están leyendo otras personas. Lo que me cuesta más es esa sensación de llegar tarde: al libro del que todos hablan, a la novedad que ya parece antigua, al post que debería haber escrito. Bastantes plazos tenemos quienes trabajamos con libros como para acabar poniéndoselos también a las lecturas por placer. Pero, en fin, parece que últimamente vivimos con (demasiadas) prisas.
¿Y vosotros? ¿Recordáis el último libro que elegisteis sin haberlo visto antes en redes? ¿Cómo llegó a vuestras manos?
