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Siempre he sido de las que ven el vaso medio lleno, tanto en lo personal como en lo profesional. Aunque vivimos una época complicada, intento pensar en positivo. Que no siempre es fácil, ¿eh? Pero sí creo en el poder de las pequeñas cosas.
Muy al hilo de esto, el otro día leí un precioso artículo de Palmira Feixas, que os dejo aquí, en el que habla de las pequeñas alegrías de la traducción literaria. Me lo leí —¡me lo bebí!— asintiendo enérgicamente con la cabeza como si estuviera en un concierto de heavy.
Y es que comparto muchos puntos con la autora: la alegría de zambullirte en una historia que te parece brillantísima o entretenidísima; desahogarte a base de sushi con otros compañeros de fatigas; recibir los elogios de una compañera traductora o editora por la traducción que acabas de entregar; ver tu nombre en la cubierta en un libro especialmente exigente, entre muchos otros.
Esas pequeñas alegrías, al final, son las que nos sostienen. Y eso no quita que aún quede mucho por reivindicar y por luchar: tarifas que nos permitan vivir bien (y sin tener que compaginar), transparencia en los contratos, mejores condiciones… Obviamente, queda trecho. Pero no perdamos de vista lo bonito. Nunca.
A mí siempre me hace mucha ilusión entrar en una librería y encontrar algún libro de los que he traducido, ahí puestecito en una mesa. Cogerlo. Mirar la cubierta. Abrirlo por cualquier página y reconocer esas decisiones tan pensadas que ahora parecen la mar naturales.
Pero, sobre todo, y después de las horas de tecleo puro y duro, de ajustar ritmos, de probar opciones, de leer en voz alta para ver si la frase respira bien…, saber que ese texto llega a quien tiene que llegar. Y recibir mensajes del tipo «¿Ya ha salido el último? Iremos a buscarlo 😉», «¡a mi hija le encanta esta colección!» e incluso «¿cuándo sale el siguiente?».


Y ahí es donde todo encaja. Ahí la traducción deja de ser proceso y se convierte en una experiencia real: en una niña esperando el siguiente libro de la serie; en una historia que ha cruzado de lengua y ahora forma parte de su mundo. Que sí, vale, el brilli-brilli de la cubierta ayuda, pero ya me entendéis.
En medio de tanto debate sobre IA, precariedad y futuro del sector, yo me agarro a esto. A estas pequeñas cosas. A saber que hay niños leyendo algo que ha pasado por mis manos.
Esta es una de mis pequeñas grandes alegrías. ¿Cuáles son las vuestras?
#traduccióneditorial #pensamientopositivo
